Expiraba
septiembre, y a las puertas de la muerte y de madrugada, en un lecho de sábanas
perfumadas, a Filberto le llegó la hora de las confesiones. En su delirio
declaró debilidades carnales a una esposa abnegada, que la llevaron a un estado
de conmoción alarmante.
Filberto,
flaco, calvo, de bigote fino y orejas grandes, tenía un gran encanto: unos ojos
verdes, brillantes y pecaminosos, que eran la perdición de algunas mujeres. Su
cuñada fue una de ellas. El roce traspasó la barrera de la cordura de los
amantes.
La
esposa, asombrada y con el corazón saltándole en el pecho, salió al patio y,
entre las gallinas, pensó que era lo que iba a hacer de ahora en adelante.
Lo decidió; nadaría en las aguas de la rutina.
Entró de nuevo en la casa y se refugió en el hogar. Cocinó guiso de carne con
patatas y el olor impregnó todos los rincones de la vivienda.
Fingiría
y lo cuidaría hasta el final, liberándose así de la culpa que llevaba escondida
seis años, la que le roía las entrañas.
Filberto
se fue al otro barrio descansado, sin pecados, con el alma limpia como la
sábana blanca que lo amortajaba.
A
mi bien querido marido que le preste. Quedé con una buena pensión. Tengo que
acostumbrar mi cuerpo a esta nueva vida.
Adiós
marido, que el cielo te cubra de bendiciones y a mí me proteja para que pueda
testimoniar, una y otra vez, mi gratitud por todos los bienes que me dejaste
para poder disfrutarlos con el padre de mi hija. Sí, la que siempre me dijiste
que era clavadita a ti.
Amén
cabrón

