sábado, 25 de febrero de 2017

LA CONFESIÓN - Semifinalista en el concurso de Catro a Catro (traducido del gallego)


Expiraba septiembre, y a las puertas de la muerte y de madrugada, en un lecho de sábanas perfumadas, a Filberto le llegó la hora de las confesiones. En su delirio declaró debilidades carnales a una esposa abnegada, que la llevaron a un estado de conmoción alarmante.
Filberto, flaco, calvo, de bigote fino y orejas grandes, tenía un gran encanto: unos ojos verdes, brillantes y pecaminosos, que eran la perdición de algunas mujeres. Su cuñada fue una de ellas. El roce traspasó la barrera de la cordura de los amantes.
La esposa, asombrada y con el corazón saltándole en el pecho, salió al patio y, entre las gallinas, pensó que era lo que iba a hacer de ahora en adelante.
 Lo decidió; nadaría en las aguas de la rutina. Entró de nuevo en la casa y se refugió en el hogar. Cocinó guiso de carne con patatas y el olor impregnó todos los rincones de la vivienda.
Fingiría y lo cuidaría hasta el final, liberándose así de la culpa que llevaba escondida seis años, la que le roía las entrañas.
Filberto se fue al otro barrio descansado, sin pecados, con el alma limpia como la sábana blanca que lo amortajaba.
A mi bien querido marido que le preste. Quedé con una buena pensión. Tengo que acostumbrar mi cuerpo a esta nueva vida.
Adiós marido, que el cielo te cubra de bendiciones y a mí me proteja para que pueda testimoniar, una y otra vez, mi gratitud por todos los bienes que me dejaste para poder disfrutarlos con el padre de mi hija. Sí, la que siempre me dijiste que era clavadita a ti.

Amén cabrón



LA CONFESIÓN - Semifinalista en elconcurso de Catro a Catro


Expiraba setembro, e ás portas da morte e de madrugada, nun leito de sabas perfumadas, a Filberto chegoulle a hora das confesións. No seu delirio declarou debilidades carnais a unha esposa abnegada, que a levaron a un estado de conmoción alarmante.
Filberto, fraco, calvo, de bigote fino e orellas grandes, tiña un gran encanto: uns ollos verdes, brillantes e pecaminosos, que eran a perdición dalgunhas mulleres. A súa cuñada foi unha delas. O rozamento traspasou a barreira da cordura dos amantes.
A esposa, asombrada e co corazón saltándolle no peito, saíu ao patio e, entre as galiñas, pensou que era o que ía facer de agora en diante.
 Decidiuno; nadaría nas augas da rutina. Entrou de novo na casa e refuxiouse no fogar. Cociñou guiso de carne con patacas e o cheiro impregnou todos os recunchos da vivenda.
Finxiría e coidaríao ata o final, liberándose así da culpa que levaba acochada seis anos, a que lle roía as entrañas.
Filberto foise ao outro mundo descansado, sen pecados, coa alma limpa coma a saba branca que o amortallaba.
–Ao meu benquerido home que lle preste. Quedei cunha boa pensión. Teño que afacer o meu corpo a esta nova vida.
–Adeus meu home, que o ceo te cubra de bendicións e a min me abeire para que poida testemuñar, unha e outra vez, a miña gratitude por todos os bens que me deixaches para poder gozalos co pai da miña filla. Si, a que sempre me dixeches que era cravadiña a ti.

Amén cabrón