lunes, 29 de agosto de 2016

EL CONCERTISTA Y LA BAILARINA (traducido del gallego)


La pequeña bailarina de Julio Gonzalez

Su mano derecha suspendida en el aire, majestuosa. Los dedos de la izquierda se deslizan por las teclas del piano, esculpiendo un sonido embriagador dando forma y color, penetrando en el alma de la música.
La barbilla erguida y cejas alzadas enmarcan unos ojos entornados que le dibujan leves arrugas en la frente. Su boca succiona el aire alzándole los pómulos, creando así un estado sublime. En ese momento la comunicación entre el concertista y el espectador es íntima y absoluta.
El maestro muerde el labio inferior, empujando al “Adagio sostenido del Claro de Luna”. Su arte, su estilo exquisito y  elegancia suscitan admiración.
Los aplausos no decaen; el regocijo se refleja en los rostros expectantes de los asistentes esperando una nueva sonata.
Él solo piensa en su musa, la pequeña danzarina de mirada dulce... Solo toca para ella. Siempre por ella.
Sus gestos le seducen y se vuelve loco de amor. Su dueña, su fiebre, baila al compás de la música. Seductora, alimenta la pasión del maestro, que se crece ante el piano de cola y arranca del público gritos de admiración.
San Petersburgo…rememora los paseos a orillas del río Nevá estrenado su matrimonio, la música, el baile, las risas de complicidad, sus labios, la vida.
Hace tiempo que el concertista dejó atrás el llanto, el recuerdo del día fatídico. El cuerpo de su amada en el escenario, en el minuto sesenta; en la última escena de la función.  Se rompió con la misma delicadeza  que en su obra favorita “La muerte del cisne”.
Durante un largo tiempo se apagaron las luces, hasta que de nuevo su musa llegó a él en las noches de tiniebla, y entre susurros

-       respira mi amor, respira.


O CONCERTISTA E A DANZARINA

A pequena danzarina de Julio González
A súa man dereita, solemne, suspendida no ar. Os dedos da esquerda deslízanse polas teclas do piano esculpindo un son embriagador, dando forma e cor, e penetrando na alma da música.
O queixo erguido e cellas alzadas enmarcan uns ollos entornados que lle debuxan leves engurras na fronte. A súa boca succiona o aire tensando os pómulos, creando así un estado sublime. Nese intre a comunicación entre  concertista e espectador é íntima e absoluta.
O mestre morde o labio inferior empurrando o “Adagio sostido do Claro de lúa”. A súa arte, estilo exquisito e a  elegancia suscitan admiración.
Os aplausos non decaen; o deleite déixase ver nos rostros expectantes dos asistentes que agardan unha nova sonata.
El tan só pensa na súa musa, na pequena danzarina de mirada doce ... Toca para ela. Sempre por ela.
Os seus xestos sedúceno e vólvese tolo de amor. A súa dona, a súa quentura, baila ao compás da música. Sedutora, alimenta a paixón do mestre que medra ante o piano de cola e arrinca do público berros de admiración.
San Petersburgo ... rememora os paseos pola beira do río Nevá, estreado o seu casamento, a música, o baile, os risos de complicidade, os seus beizos, a vida.
Hai tempo que o concertista deixou atrás o pranto, a lembranza do día fatídico. O corpo da súa amada no escenario, no minuto sesenta. Na última escena da función. Crebouse coa mesma delicadeza que a súa obra favorita “A morte do cisne”.
Durante un longo tempo apagáronse as luces ata que de novo a súa musa chegou a el, nas noites de tebras, en murmurios
-       respira meu amor, respira.