De pronto tenía en su casa una Americana.
Entendía el español pero apenas lo hablaba;
huérfana de madre cubana e hija de neoyorquino, marchó a vivir a la tierra
natal de su padre siendo muy niña. El pelo largo anaranjado le caía en cascada
hasta la cintura resaltando su piel morena. La ropa que vestía, pasada de moda
y de colores oscuros, parecía más de una mujer madura que de la joven que
era.
Cuando fue cogiendo confianza, comenzó a
chapurrear el castellano mezclando las
lenguas.
Pasaban los días y como en un rompecabezas, poco a poco, la americana le
contó que había venido a Galicia a la casa de una tía, hermana de su madre.
Aunque sobrina y tía no se conocían, su
madre le pidió que le diese cobijo por
un tiempo.
La Americana se confesó con su nueva amiga Estela.
Trabajaba en una galería de arte en la Quinta Avenida en Nueva York. En el verano
de hace dos años, una mañana de un día muy caluroso, desembalando paquetes, un escalofrío
recorrió su cuerpo: tenía entre las manos una pintura de un artista plástico
español del siglo VIII. Desde aquella estaba inquieta, algo se agitaba en su
interior y una fuerza invisible la empujó a viajar a España. Unos días más
tarde, en septiembre, en el asiento número treinta y dos pasillo, del vuelo
Iberia Nueva York - Madrid con escala en Santiago de Compostela, una excitada y
esperanzada joven, rezaba a una imagen en una estampa que llevaba entre las
manos, “La Virgen de las Angustias para casos imposibles y urgentes”; esta
devoción la heredó de su abuela cubana.
Le contó también a Estela que se casaría en
tres meses, enseñándole la invitación de boda. El veinte de marzo de mil novecientos
ochenta, se dirían el sí quiero. El novio, nativo de la isla de Manhattan, no entendía ni compartía ciertas cosas que hacía su prometida.
Un mediodía de miércoles, en casa, sentadas
alrededor de la mesa de la cocina, la americana estudiaba con entusiasmo el
poso de café en la taza, regalo de boda de uno de los doce juegos que
recibió Estela de sus parientes antes de
casarse. Leía en el poso el futuro de la nueva amiga española, divorciada, con un
hijo pequeño a su cargo.
En el fondo de la taza, los posos del café le
hablaban:
_Ten
cuidado de un hombre, tienes que alejarte, es destructivo. Se avecinan años
tormentosos si no vas con cuidado.
Estela se separó hace unos meses, después de
un tormentoso matrimonio. Quedó en la casa familiar con su hijo por orden del
juez.
Por primera vez desde hace siete años, vuelve
a disfrutar de una libertad ya olvidada, con una promesa de esperanza.
Cuando se casó, Estela tenía veinte años. Un
cabello castaño claro le endulzaba la cara de piel blanca. De ojos grandes, enamorados
y entusiasmados. Los vestidos cortos que lucía dejaban al descubierto unas
piernas largas y doradas por el sol del
verano. Aunque sus padres eran
permisibles, ella quería ser libre de los lazos familiares.
La Americana llegó a Galicia a la casa de la
tía -una cubana que recaló en los años cincuenta en esta tierra, detrás de un
hombre que le dijo que la quería; vivía de un pequeño negocio, un estanco cercano a la parroquia. La tía, enseguida, le arrebató el dinero aún
caliente que traía en el pecho la joven, y lo escondió bajo llave con el
equipaje. No le gustó nada esa ropa moderna del demonio que lucía y que portaba
en la maleta: atuendo de “la gran manzana neoyorquina”; un escándalo, chillaba.
El buen talante de esa mujer lo había
dejado allá, en la Habana.
-¡De mi casa no sales con esas pintas! Aquí
harás lo que yo diga. -Sentenció.
Le echó a la cara la poca ropa que vestía ahora. Indumentaria de
sus años jóvenes y con un olor penetrante a alcanfor.
La americana, sola, en medio de la nada, la
única compañía eran las vacas que pacían
y bramaban en las fincas de alrededor. Desalentada, llena de frío en un
invierno de nieblas, con los pies metidos en el horno de la cocina de hierro
para calentarse y en una habitación sin luz, enloquecía.
Un
buen día engañó al miedo y escapó todo lo lejos que pudo de la casa de la tía,
de los gritos, y de lo que allí
acontecía.
Conoció a un grupo de amigas en un bar del
pueblo, a cuatro kilómetros del estanco. Congenió más con la divorciada. Estela
no tenía que dar explicaciones a nadie, el hijo todavía era pequeño.
Sin dinero, sin ropa, no hablando bien la
lengua, acampó en la casa de la nueva amiga. No tomaba alcohol -le contó un
día-, tenía miedo de que un espíritu en pena, que llevaba con ella mucho tiempo,
saliese a la vida si bebía.
Muerta de curiosidad, como una ladrona de su
intimidad, Estela la invitó a vino. Tenía que saber…y al calor de la aventura
le contó.
En el momento en el que el líquido rojo y viscoso se deslizó
por su garganta, mezclándose con los fluidos del estómago y como en la lámpara
de Aladino, una maga comenzó a batir palmas sin descanso, zapateaba con pasión
atronando el espacio; Y desde las entrañas llegaba hasta su boca una voz ronca,
grave y con hechizo, que salía del cuerpo de la americana, aunque ya no era el
suyo.
Tarub, se llamaba. Daba vueltas, cantaba y
bailaba sin descanso y, cuando la euforia iba remitiendo, dijo con voz antigua
y hermosa:
_Son
hija de herrero, gitano de Sevilla, cantaora y bailaora de flamenco, mi familia
y yo vivíamos cerca de la Muralla del Alcázar. En el puente de Triana un árabe
me clavó un puñal en la espalda. Mi madre fue esclava bereber. En tiempos de la
conquista al-Ándalus, y morí sin
despedirme de los míos. No supe ver mi destino, las cartas no me hablaron.
Con Tarub tenían fiesta a diario. A sabiendas
de la transformación, en los bares la invitaban a beber. Los amigos hacían un
corro y tocaban palmas, como en un
tablao flamenco. Leía las líneas de la mano, echaba las cartas prediciendo el
futuro y, todas las noches regresaba a casa en un estado lamentable.
Las amigas discutían, tenían celos de Estela,
de tener a la Americana sólo para ella. Esperaban horas en la casa para que les
echara las cartas, para conocer un
futuro que no siempre era fácil.
Pero la extranjera había viajado a España
para despojarse de esa alma errante que calzara en esos zapatos prestados,
adormilando en su cuerpo. Tenía que tomar una decisión, no le quedaban días, el
visado caducaba y ya era tiempo de retomar su vida. Su novio la reclamaba; él
no supo el motivo del viaje.
Reunió a las dos nuevas amigas y les pidió
ayuda. Era fácil de entender, -¡estaban en tierra de meigas!
Decidieron viajar a Triana, al camino
del Al-Ándalus, animadas por la
aventura, la belleza de la arquitectura, la filosofía y la literatura.
El pequeño auto “Talbot Samba” rodaba por las
tierras heladas de Castilla con unas jóvenes alocadas con ganas de aventuras y deseosas de
poder ayudar a su extraña amiga. Atravesando los campos de olivas de Andalucía,
la Americana palideció: tenía la piel del enemigo en la mirada. Es como sí ella
perteneciera a esa tierra.
El primer día estaba gris. A las puertas del
camposanto sevillano, las hojas de los árboles se hacían cosquillas, y una de
las amigas, la soltera, temblaba de miedo y vergüenza. Empapada por la lluvia
fina, no dio un paso más. Al anochecer y ya en el interior del cementerio, Estela
y la americana caminaban despacio, una pegada a la otra, sin saber qué hacer,
corría una brisa inquietante. Vieron a una mujer, entrada en años, que fregaba los
panteones con cepillo de púas y jabón de escamas, arrodillada, cómplice de los
que allí dormían el sueño eterno.
Encontrar lo que buscaba...
Sola, el día sucumbió a la noche, una noche
oscura de invierno iluminada por unas pocas farolas.
Atemorizada recorrió el camposanto, escrutando
las tumbas, buscando indicios, esperando respuestas.
Prendió velas en todos los nichos como en un
ritual, mientras, el viento silbaba y se colaba entre las piedras centenarias
cubiertas por la flora que en Santos nadie limpió, y, en agradecimiento, las
almas que la rondaban le dijeron en murmullo:
–Americana, ¿a quién perdiste?
Desconcertada no supo que decir, sólo
buscaba. En ese momento... Tarub habló.
–Busco mi piel, mi corazón, mi sonrisa, mi
lugar.
Y las almas hablaron entre ellas y
respondieron.
La
mujer dejó lo que estaba haciendo un momento, para mirar a una joven que pasó a
su lado arrancándose la ropa, primero el
chubasquero color rojo, que dejaba caer al suelo a su paso, luego la rebeca de
algodón gruesa, los guantes y la bufanda habían quedado ya atrás, así como la
amiga.
Las dos mujeres quedaron asombradas cuando la
americana se detuvo en un rincón del cementerio ya desnuda.
_pero… ¿qué hace? – dijeron a dúo.
No miró atrás, no tenía frío, no sentía ni
padecía. En la fosa común donde descansaban los “sin nombre”, hablaba en un
murmullo, mezclándose con voces de vidas pasadas que sólo ella comprendía.
Y en el espacio del éter un alma erraba.
La Americana se despidió de una noche larga y
llena de súplicas. Sintió un leve roce en todo el cuerpo y una caricia en la
nuca, dándole fuerzas. Agradecida se retiró. Ya se veía el día.
Sus pies, como si de alas se tratara, la
condujeron junto con las amigas: una columna de árboles frondosos las
recibieron. Estos, agitaron sus ramas dando paso a un cielo limpio y hermoso de
invierno.
Una vez que sus corazones se calmaron de
tanta emoción, disfrutaron de la ciudad, recorriendo Triana y todos los lugares
donde había vivido Tarub.
La Americana revolucionó la vida de Estela.
Fueron tiempos de cambios, de crecer, de no mirar atrás y de comprender.
Agradecida y con lágrimas en los ojos, la
americana se despidió de Estela, sabía que no asistiría a su boda. No la
volvería a ver.
Ya sin Tarub y soñando con la libertad y con
su amor, decidió marcharse. El último jueves de noviembre “día de Acción de
Gracias” llegaría a su hogar. Escucharía a su pastor y daría gracias a dios por todas
las bendiciones y las dos familias celebrarían alrededor del hogar. Almorzarían pavo asado,
verduras, papas dulces y pastel de calabaza.
Todo estaba bien, la vida le volvía a sonreír.
Todo estaba bien, la vida le volvía a sonreír.
En la
escalera del avión, el viento juguetón tropezó con la Americana y un escalofrío
le recorrió el cuerpo:
A Tarub le gustaba viajar.

