Así,
casi sin darme cuenta llega el día de partir. Ya me imagino en Tenerife, tirada
en la playa con el sol acariciándome el cuerpo desnudo; o bebiendo una copa en
la noche estrellada de Santa Cruz al encuentro de alguna caricia.
Y...
Como un volcán en erupción, dentro de mis entrañas se forja una historia de
amor. Despierta mi sexo dormido, miradas de complicidad y reír a carcajadas. Mi
corazón tiene un nuevo ritmo.
Es
la última noche, guardo en la maleta la ropa impregnada de su olor. Me
revuelvo. No puedo continuar. Tenemos que hablar.
Desde
el otro lado del bulevar miro para el rascacielos buscando su ventana. Hay luz.
Es una señal.
Me
desprendo de la huella del que dirán, de viejos perjuicios, y dejo resbalar por
la piel sentimientos feroces de deseo. Con nuestros cuerpos desnudos y
entrelazados llegaron las promesas de amor.
Nos
perdimos por las calles en la noche cálida de la isla. Con el lucero del alba
nos despedimos sin lágrimas;
- ¡Hasta pronto amor!
Viaja
a mi ciudad, dos meses más tarde, para volver a vernos.
- ¿Juntos?
Ese sonar grave de la palabra “compartir” me
inquieta. Me despierta mi peor agonía.
Entregada
a mi aflicción, la oscuridad de un amor pasado no me deja abrir los ojos. Una
manifestación de ira y dolor me arranca un llanto incontrolado al penetrar en
el paisaje de lo que puede ser y no será.
Tengo
miedo. Sigo prisionera de los recuerdos aún latentes en un rincón de mi
memoria.
- ¡Abur amor!
Vuelvo
al invierno con Tchaikovski y su cuarta sinfonía.
