domingo, 25 de septiembre de 2016

MISIVAS DUNHA ESCRAVA



Ela crece educándose nas artes para ser concubina do Sultán Ahmed.
No seu catorce aniversario, un día sen sol, Dilara atravesa a Porta da Acollida do Palacio de Topkapi.
O seu pai dille adeus. A súa nai tolea, morre só de pensar que non verá nunca máis  á súa adorada filla.
O recendo a perfume e pegadas de pracer e vicio, invade os apousentos das concubinas do harén. A luz que atravesa as fiestras acaricia con mil cores os corpos fermosísimos das odaliscas, xogando e rindo  devagar ao carón das augas quentes da piscina oval con fontes que súan burbullas pecaminosas.
Dilara está abrigada pola terceira esposa do sultán, a falta da súa filla morta envorca o seu amor nela. Continua cos estudos de música e poesía que lle deron os seus pais e ensínalle as artes amatorias.
Unha mañá, na sala do Sofá do Sultán, un eunuco branco, as agochadas, entrégalle unha misiva.
–Miña fermosa filla, padezo tanto!Teño que saber, … es feliz?Cóntame para que a miña alma acougue. Confía no mensaxeiro. Non me esquezas.
Un día a semana, cando o sol se oculta, e protexida polas sombras de palacio, esconde entre os muros bizantinos, nun lugar xa sinalado, a misiva para súa nai; 
–Madre, que non a venza o desazo.  Estou nun lugar moi fermoso, este é o meu destino, xa o teño no meu corazón. Aínda non fun presentada ao sultán.
Dilara escoita sen querer, a unha hora avanzada da noite preto da Mezquita do persoal de cociña, unha conversa entre dous policías de palacio. Falan dunha conspiración. Un frío quieto calouna. Percibe entre murmurios … apócema … sultán … herdeiro … lúa chea. Os ollos fanse á escuridade e olla aos traidores.
Pola noite, anicada na cama entre sabas de seda, sente unha ardentía invisible, febril, pensa que non pode seguir gardando a conversa que escoitou. Ten medo, non sabe se a súa verdade lle traerá un final amargo. Pola ventá entreaberta, cóanse refachos de lixeiro vento cálido que a adormecen.
Xa de mañá, unha expresión de placidez adorna a cálida faciana de Dilara. O seu destino está claro. Escribe a súa nai:
–Madre, onte, como de costume, cando ía a acochar a carta no muro,  escoitei unha conversa. Uns soldados ……. Todo sairá ben, todo ten sentido.
A súa nai, fóra do Palacio de Topkapi, ergue a vista e contempla unha vaca de ollos tristes, fraca, atada nun arado conducido por un campesiño turco de pel queimada polo sol perenne, arando a dura terra. –Si, todo ten sentido.
Xa calma, séntese diferente, como nun bosque despois da choiva.
 O mensaxeiro, o eunuco branco, faralle chegar urxente unha nota de contido segredo ao Sultán.
Os ollos verdes de Dilara danzan de ledicia. Treme emocionada. Pensa no sultán con beizos quentes, con pracer, con nerviosismo. Coñece os segredos de alcoba e acariciará o ceo con el, co seu Ahmed.
Abrazada a súa nova vida, é feliz. Será os seus ollos, a súa sombra de por vida.
Escribe a súa nai:
–Madre, esta é a derradeira misiva. Esqueza as bágoas. Xa son unha muller. Deseguida verémonos.

-Dilara.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

SE ACABÓ EL PASTEL


A las puertas de la edad madura mi mundo se rompió en mil pedazos.
Los años, no siempre suman un grado más en habilidad para zafarte  y no mirar de frente los problemas. No, porque te sentirás estafada.

No seré nunca más el comodín de las amistades, no porque me haya vuelto arrogante, sino porque ya estoy en un punto de mi vida que no me apetece que se acuerden de mí por conveniencia. Se acabó, no tengo paciencia ni ganas para el cinismo.


No perderé más tiempo con aquello que me desagrada y me hace daño. Ni pienso perder ni un minuto más en dejarme manipular, ni agradar a quien no agrado.
No soporto los conflictos, las malas maneras, la vulgaridad y a  las personas rígidas de pensamiento.
Buscaré en el cajón de la memoria “mis sueños”  e iré a por ellos.
Comenzaré por echar una mirada a mi pasado, pero solo una mirada, de soslayo, fugaz, para visualizar el poso de mis vivencias, buscando aberturas,  –de hija a madre, de sobrina a tía, de hermana a cuñada, de conocidos a amigos y ex amigos– y que me darán la medida para este presente.

Esta nueva etapa de cimientos firmes, la tomaré con un nuevo empuje que guardaré en mi mochila junto con la sabiduría aprendida en el camino, y con todo el cariño de la gente de bien.

Se baja el telón.



domingo, 18 de septiembre de 2016

LADRONES DE VIDAS



Las campanas tañen en el preciso instante en que el tren anuncia su llegada en la pequeña estación.
El día está gris, pero para la familia Cafrune  luce el sol. Su hija regresa a casa. Anhelantes no ven el momento de abrazarla y besarla. Un beso por cada día fuera de su hogar. Están ahí para abrigarla, tranquilizarla y conducirla a un nuevo día.
Cuando sus pies, que calzan unas botas toscas,  pisan suelo conocido, dos lágrimas recorren lentamente su mejilla parándose en la comisura de sus labios finos, entreabiertos y temblorosos por la emoción de verse de nuevo en casa.
Arropada, su padre le susurra al oído:
 –Ojos de agua, parpadea sin temor. Deja correr tus lágrimas. Todo está bien.
En la noche el miedo la envuelve. Rememora el terror y la sombra de la culpa la atormenta.  Acuden a ella los gritos, el llanto. La desolación de los vivos.
Ella viene de matar.

Aquella mañana de primavera, hace ya dos años, no se escuchaba el trinar de los pájaros como de costumbre. El día pasó indolente, dando paso a una oscuridad muda.
Los niños jugaban con cualquier cosa que encontraban en los alrededores y vertederos de su pequeña comunidad.
En la espesura de esa noche tediosa, la arrancaron de los juegos inocentes. Estaba más cerca de los doce años que de los once.
Fue capturada y arrebatada de su aldea por un grupo de radicales sicarios, llevándola muy lejos de allí.
Ya en el campamento, los terroristas,  la juntaron con más chicos de su edad en un habitáculo lleno de miedo y orines.  Paralizados no se atrevían a hablar, sus respiraciones eran silenciosas. Las  preguntas llegaban a sus labios trémulos:
– ¿por qué yo?
Sus ojos miraban al suelo para ocultar el terror que sentían.
Con gritos de mando, bofetones, hambre y un calor insoportable, creció  de prisa, sin esperanza de volver a la vida que le fue robada. En su corazón, bajo un manto helado, encerró el nombre que le pusieron sus amantes padres cuando nació. El de guerra es Keled.
La enseñaron a matar, a no pensar. A odiar. A no tener voz. Ella no valía nada.
El fusil era una prolongación de su brazo, de su nueva mala vida. Dormía y comía pegada a su mosquetón.

Ya era una máquina de matar.

Con trece años, más nueve meses y un suspiro de vida, unos brazos fuertes la sostenían dejándola a las puertas de un hospital con una misión que le llegó en susurros traspasando su inconsciencia;

–Vive, cuéntales al mundo… 

Se dice que la salvó un radical arrepentido.
Su nuevo nombre de significado “la inmortal”, la preservó de desaparecer en el cielo nocturno como una estrella fugaz.