Dos
jueves al mes, lloviera, hiciera frío o calor, a las tres y diez en punto de la
tarde, María Fernanda de Matamá cogía el Vitrasa.
No
siempre fue así…
Durante
años guardaba en uno de los cajones de la cómoda de su habitación, un álbum con
los recortes cuidadosamente colocados de mujeres que ella admiraba. Y desde su
anhelo, la última hoja siempre quedó en blanco para algún día escribir su
propia historia… Y conoció a Manuel.
Aquel
mediodía era jueves. Le faltaba el aire. El calor del mes de agosto ayudaba.
Cuando
se acomodó en el asiento de madera, cerca del chófer, y a salvo del desmayo,
alzó la vista y se encontró con los ojos de aquel hombre.
El
chófer –nuevo en ese trabajo-, la miraba a través del espejo retrovisor. Aquellos
ojos tenían algo que decir.
Y
hablaron… y hablaron.
En
la ruta, y a esas horas, no viajaba nadie.
El
urbano, un Pegaso de estrena, de plataforma baja, iba como la seda en esa tarde
de mil novecientos sesenta y nueve.
En
la parada siguiente, en Gran vía, subió gente para la playa de Samil cargados
con la merienda y el radiocasete. Un lugar perfecto donde los bañistas juegan a
las cartas en la sombra del pinar; y los niños se desahogan y entretienen con
cubos y palas haciendo castillos en la
arena blanca y fina del arenal.
María
Fernanda de Matamá continuaba en el Vitrasa y seguía confiándose a Manuel. Una
leve sonrisa de poesía, novela y aventura, asomó en la cara de la mujer
asintiendo asombrada. El principio de una ilusión. El huir del aburrimiento de
la vida cotidiana.
El
jueves siguiente, cuando las puertas automáticas del Vitrasa se cerraron, una
María de Matamá de labios y mantón de Manila color grana, como el capote de un
torero, y de bolso gastado por el paso del tiempo, se sentó al lado del chófer.
Sobreexcitada y febril le susurró:
–Buenas
tardes señor: soy Aurora Bautista y represento en el teatro García Barbón la
obra “Locura de amor”.
Manuel
olió la trama, esbozó una sonrisa y con el pecho hinchado y agitado hizo de
guía:
–Bienvenida
señora a Vigo, nuestra princesa del Atlántico. Vamos a dar un paseo y le
mostraré la ciudad.
Garboso,
el urbano para en el Hospital Almirante Vierna, cruza Traviesas con dirección
La Florida y Alcabre. Ya en Coruxo llega hasta ellos el olor a mar próximo y el
sollozo de las olas de la ría. El guía señala el edificio del grupo Álvarez, y
a su derecha la hermosa isla de Toralla, con una desproporcionada torre de más
de setenta metros de altura, considerándola en los medios de comunicación un
atentado ecológico.
Pasaron
los días y María Fernanda estaba feliz. El color llegó a sus mejillas y la
mirada ya tenía algo que contar. La forma de caminar, moviendo las caderas, era
de un atractivo irresistible.
Los
jueves continuaron. Sin darse cuenta ya era una necesidad, tanto para ella como
para Manuel.
–Buenas
tardes chófer, soy Analía Gadé y necesito ir de compras:
El
Vitrasa se paró justo en la puerta de los almacenes Asefal, en el paseo de
Alfonso. Más adelante, en el mirador de la misma calle, la Gadé se sentó en un
banco debajo del olivo y se quedó mirando a la ría, soñando, hasta que el sol
llegó al ocaso.
Pasaban
los días, y María Fernanda de Matamá ya no podía vivir sin los encuentros con
Manuel. Las actrices del momento, pasaron una a una por los asientos del
Vitrasa con la mejor de las representaciones. Para la coleccionista de
estrellas ya no había límites.
El
segundo jueves de diciembre, cerca de la Navidad, Teresa Gimpera, una modelo y
actriz de pelo rubio y corto a lo garçon, piernas largas y minifalda, se subió
al coche con un capricho: firmar autógrafos de su última película en la Plaza
de la Princesa: “¡Cómo sois las mujeres!”.
Manuel
encandilado por la belleza de aquella transformación asumió el papel de chófer
de las estrellas y la condujo hasta la Puerta del Sol. Un montón de gente se
abalanzó sobre Teresa y María Fernanda, asustada, con el peinado arruinado y el
traje hecho jirones, corrió a ocultarse en los soportales de la Plaza de la
Constitución.
En
la farola de Urzaíz con García Barbón, en la parada del urbano, el último
jueves de cada mes, la pastelería “Las tres luces” le acercaba a Manuel una
bandeja con besos de coco. Son de ella. Él lo sabía. Eran sus dulces
preferidos. La echaba en falta. Por las fiestas de Navidad, María Fernanda dejó
de viajar y de soñar en el Vitrasa.
Y
pasó el tiempo… El cielo cambiaba de color empujado por el viento del norte.
En
la primavera del año setenta, enganchada del brazo de un hombre, María Fernanda
de Matamá, lucía hermosa con un abrigo blanco y cintura de avispa, zapatos de
tacón y mirada intensa. El peinado cardado, en un pelo negro como la noche sin
estrellas: era Sofía Loren.
Subieron
al Vitrasa en Teis, en la parada que el siempre anhelaba verla.
–Dos
pesetas con cincuenta céntimos cada uno, por favor –Le dice Manuel.
Estaba
confuso, abrumado, el corazón le quemaba en el pecho. ¿Por qué le hacía esto?
María
Fernanda de Matamá le hizo un guiño al mismo tiempo que le preguntaba:
–Por
favor chófer. Mi marido y yo vamos al cine Fraga, estás poniendo “El destino de
Sisi”, ¿tiene parada?
Manuel,
con gesto amable y tristeza en los ojos, la miró fijamente con la cara del
adiós.




