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| La pequeña bailarina de Julio Gonzalez |
Su
mano derecha suspendida en el aire, majestuosa. Los dedos de la izquierda se
deslizan por las teclas del piano, esculpiendo un sonido embriagador dando
forma y color, penetrando en el alma de la música.
La
barbilla erguida y cejas alzadas enmarcan unos ojos entornados que le dibujan
leves arrugas en la frente. Su boca succiona el aire alzándole los pómulos,
creando así un estado sublime. En ese momento la comunicación entre el concertista
y el espectador es íntima y absoluta.
El
maestro muerde el labio inferior, empujando al “Adagio sostenido del Claro
de
Luna”. Su arte, su estilo exquisito y elegancia suscitan admiración.
Los
aplausos no decaen; el regocijo se refleja en los rostros expectantes de los
asistentes esperando una nueva sonata.
Él
solo piensa en su musa, la pequeña danzarina de mirada dulce... Solo toca para
ella. Siempre por ella.
Sus
gestos le seducen y se vuelve loco de amor. Su dueña, su fiebre, baila al
compás de la música. Seductora, alimenta la pasión del maestro, que se crece
ante el piano de cola y arranca del público gritos de admiración.
San Petersburgo…rememora
los paseos a orillas del río Nevá estrenado su matrimonio, la música, el baile,
las risas de complicidad, sus labios, la vida.
Hace
tiempo que el concertista dejó atrás el llanto, el recuerdo del día fatídico. El
cuerpo de su amada en el escenario, en el minuto sesenta; en la última escena
de la función. Se rompió con la misma
delicadeza que en su obra favorita “La
muerte del cisne”.
Durante
un largo tiempo se apagaron las luces, hasta que de nuevo su musa llegó a él en
las noches de tiniebla, y entre susurros
- respira
mi amor, respira.

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