Día 1
¡Clara!
... ¿tengo que llevar toalla?
Así
comienzan los preparativos de mi viaje a Oporto.
Un
sol perezoso, en esta tarde de invierno, traspasa suave mi ventana dejando una
estela de confort, acariciándome mientras escribo estas líneas.
Al fondo un murmullo de palabras emerge del
televisor. Están con el parte, anuncian buen tiempo para este fin de semana.
Estamos de suerte.
Estoy
feliz. No conozco aún a los compañeros de ruta, pero nos une las ganas y deseos
de compartir palabras, emociones y risas.
Mi
alma rueda camino de Oporto.
Os
dejo unas palabras de Pessoa; tarea que tenemos que hacer:
“No
saber de un mismo: eso es vivir”
“Saber
mal de un mismo: eso es pensar”
Buenas
noches día.
Día 2
El
debate de Afirma Pereira, nos tiene todo
el día entretenidos con chorradas que tienen un buen fin: conocer sin reserva
el libro de Antonio Tabucchi. En esta ocasión no escapamos de Portugal como
hizo Pereira, más bien nos afianzamos en Oporto.
La
tarea en esta mañana, algo oscura y con una brisa caliente, es encontrar tres
iglesias y dos capillas: iglesia de las Carmelitas, la de los Congregados, la
de Sano Ildefonso, la capilla de la
Torre de los Clérigos y la de las Almas. Vamos cómo chiquillos, ilusionados,
con un jaleo descontrolado en la búsqueda de un tesoro.
Y
allí está, situada en la parte alta, erguida y orgullosa, la capilla y la torre
de los Clérigos. Es de arquitectura barroca y rococó construida en el siglo XVIII. La belleza de la Iglesia y torre representan a
la ciudad de Oporto. Las horas se marcan a golpe de carillón, aunque en esta
ocasión no tenemos el placer de escuchar el himno de la alegría.
Capilla
y torre de los Clérigos
Un
poco más allá, pasando por la Livraria Lello,
divisamos la Iglesia do Carme. Ocupando un lugar privilegiado en la plaza cerca
del jardín de la cordoería. A su lado
el convento de las Carmelitas, también de estilo rococó. Tiene dos fachadas en
granito; la principal de tres alturas coronada
con una cruz y estatuas de dos
evangelistas. Y en un lateral, cubierta con azulejos azulados la imposición del
escapulario en el monte Carmelo. ¡Es grandiosa!
La
Capilla de las almas ya es cómo de la familia, pasamos delante de ella todos
los días. Está en la calle Catarina. Se diferencia de las demás porque está
revestida en su totalidad de azulejos; es del siglo XVIII. ¡Enamora!
Capilla
de las Almas
Iglesia
do Carme
Entre
iglesia y capilla una paradita, deleitándonos con un vino de oporto para entrar
en situación. Las risas ya están sueltas y no hay manera de contenerlas. De
momento sólo hallamos tres de las cinco.
Al atardecer el tiempo enfrió, una lluvia fina
nos empapa. En el café Guaraní, clásico y elegante, nos resguardamos. Sostiene
la puerta el bedel para que podamos pasar. En el interior las mesas son de
piedra, de las paredes penden dos murales con retratos de indígenas. No tenemos
la suerte de escuchar la música en directo o los fados de los que tanto hablan.
La
tarde rinde y salen algunos relatos.
Finalizamos
la noche en un restaurante pequeño, con sabor de hogar acaramelado por el un
vino verde de la casa. Nos capta en la calle Tania con una dulzura que no pudimos rechazar. Esa
joven es un sostén importante para ese lugar.
Cenamos
pinchos de bacalao, francesinha y
carne a la parrilla. Todo humedecido con fado.
Muy buena noche, no echamos nada a faltar excepto algún secreto oculto
que no viene al caso contarlo.
Pero
como no soy Pereira, lo contaré: hicimos cola en la salida del aparcamiento.
Teníamos entumecida la cordura con tanto vino y subimos en el coche sin pagar
antes de recogerlo. Más risas.
Ya
habíamos olvidado el percance de la mañana. Estuvimos encerrados en el sótano
un tiempecito. El ascensor no iba y al grito de la campana nadie atendió. El
explorador Stanlei saltó como si
estuviera jugando a la comba y se puso en marcha. Suerte que tuvimos. Nervios y
muchas risas.
RELATO La mal pagá
La
cantante de fado en el restaurante Duero,
no es lo que pensábamos: es una mujer dañada por la vida...Graciela...
Un
buen día se acerca a Graciela, un hombre bien parecido, su piel luminosa color
chocolate y su cabello rizado del color del carbón atrapó a la joven muchacha.
El muchacho venía en la búsqueda de sus raíces lucenses. Los padres
farmacéuticos habían emigrado a Angola para hacerse un futuro.
Graciela,
una mujer sin estudios y sin familia, pero ávida de aventuras y de dinero, no
paró hasta encandilar al recién llegado a Oporto. La joven no era muy agraciada
por lo que tuvo que discurrir un plan.
Con
todo calculado, y en el preciso momento que el favorito pasaba delante de ella,
esta tropezó y cayó a sus pies. Él, caballero y de buena familia, se prestó a
ayudarla. Los encantos de Graciela se mostraron al joven muchacho en todo su
esplendor quedando este prendado.
Se
casaron y marcharon para Angola.
Habían pasado tres años y dos hijos,
pero Graciela no se adaptaba a ese país. Encarcelada en su propia casa, luchaba
por una república independiente. Temía contagiarse de enfermedades infecciosas
que asolaban la región y no se llevaba con la suegra. Escapó. No contaba con
que no le dieran un duro. Perdió a ese hombre por no quererlo lo suficiente. Lo
que no sabía es que le iba a doler tanto la pérdida de las hijas. Quedó vacía.
Sin
dinero y sola tocó fondo, hasta que un alma caritativa le dio un lugar para
dormir. Pero Graciela era avispada y la enseñaron a cantar fado. Ahora se ocupa
en eso, cuenta su vida por la ciudad de los puentes.
Su
presencia, vestida de negro, con la cara oscura y un rictus de dolor, la hacen más apetecible
para narrar la tristeza y el desgarro, convirtiendo la aflicción en belleza.
Restaurante
Duero
Dia 3
Son
las ocho y media de la mañana y ya estamos con el desayuno. De lujo. Bufet,
todo dispuesto en el comedor, zumo, leche desnatada, de avena, café, galletas,
tostadas de aceite... Desde la ventana se divisa toda la ciudad.
Apunta
que hoy vamos a tener un buen día.
Los
exploradores Stanlei y Linvingston ya están discurriendo un plan donde comer
económico. Mientras Clara nos da los deberes del día.
Estamos
esperando el tranvía en el centro, cerca de la magnífica estación del tren. San
Bento, un monumento en el centro de
la ciudad. Fue hasta el siglo IX un antiguo convento. Al traspasar el umbral un
aire melancólico nos acaricia la cara. Altiva, de sus paredes adornan veinte
mil azulejos. Un mosaico digno de admiración. El apresurar de las gentes nos
rescata del recogimiento.
Estación
del tren San Bento
Hace
un sol de justicia. Poco a poco vamos desprendiéndonos del abrigo, y todo lo
que el decoro nos deja. El tranvía que nos llevará hasta la desembocadura del
Duero en el océano, está tardando. Delante de mí un personaje me atrapa. Ya
tengo enfilada una historia para mañana.
Sentados
en el tranvía pasamos por debajo del puente de la Arrábida. Una belleza en el trenzado. El día está lleno de colores y sabores .La
calidez del aire que entra por la ventana calma los calores anteriores en la
parada. En la otra orilla está Villa
Nueva de Gaia, con las afamadas bodegas
a lo largo de la ribera.
Almorzamos
en un bar llamado Bartolo, típico portugués. La verdad que hace honra a
su nombre. Tardaron más de una hora en servir. Cuando unos finalizaban otros
empezaban a comer. Este no lo recomendamos. Los exploradores Stanlei y Linvingston no tienen culpa.
RELATO El salto de los amantes
El
río Duero llega sosegado después de la lucha vivida a lo largo de su recorrido.
Desde su nacimiento en Fuentes del Duero el perfil ya está marcado, fluyendo
por las villas y ciudades a su paso, vaciándose de vez en cuando en las fincas
de alrededor. Tiene tramos de peligro y con las lluvias del invierno se forman
arribes. Llegando siempre a tiempo a los brazos de su soñado y amado océano.
Este,
llega la playa de los ingleses luchando contra
dragones que anidan en su ser a lo largo de todos los mares.
Cuando
Duero traspasa la lengua de arena, último obstáculo que los separa, el beso es
turbio, caprichoso y enraizado. Con la puesta de sol, río y océano se aman. Las
ondas hacen espuma al romper en la arena hasta que se adormecen. Él ofreciéndole
su dulzura y el océano su fiereza con sabor a sal.
Es
de tal belleza, que hombres y mujeres acuden a verlos danzar. Niños a sabiendas
de tanta expectación, las cabrioladas cada vez son más excitantes robando
gritos de placer a la muchedumbre.
La
muerte del Duero
Las
sombrillas se cierran. El espectáculo se aletarga. Las manos se calientan
alrededor de una taza con tisana y una leve sonrisa nos emboba la cara
acompañando al atardecer. El rumoreo de esta unión apaga las voces. Solo
silencio. Los ojos de fuego de los catamaranes vigilan que, una vez más, se
cumpla lo que está destinado a ser; y la luna viene a saludar, menguante, para
no robarle protagonismo a los amantes.
Por
fin encontramos la Iglesia de los Congregados,
entre la estación de san Bento y el
metro. El vestíbulo es de azulejos y pinturas murales con escenas de la vida de
San Antonio ¡Maravillosa!
Esta
noche cenamos en casa. Tertulia y lectura de relatos hasta bien entrada la
noche. Un placer. Ya somos una familia.
Día 4
Cada
día estamos más cómodos en el piso. Tiene cinco habitaciones y tres baños.
Menos una que duerme sola, los demás están acompañados. Miento, uno de ellos
acampa en el sofá. Las bromas están por las esquinas, a escondidas, a la espera
de que alguien las encuentre. Mientras, los exploradores salen a hacer las
pertinentes pesquisas para comer, nosotros
trabajamos con rigor en una leyenda.
Almorzamos
en la “casa de pasto el Delfín”. El dueño se llama Silva, cosas del destino –personaje
de Afirma Pereira–. Está cerca de la capilla do Carme, en la calle Oliveira.
Esquina con el bar “Tenemos quasi todo”.
Esta
vez y como siempre, tenemos que dar las gracias a Stanlei y Linvingston
acertaron de lleno con la casa de comidas. Riquísimo todo.
En
la calle cerca de la casa donde almorzamos, compramos libros viejos para la
familia en una librería con mucho encanto.
LEYENDA Las guardianas del saber
El
jefe es ese hombre que tiene apariencia de persona enferma. El cabello negro carbón
le cae hasta los hombros. Calza unas zapatillas deportivas blancas: una la
lleva a modo de chinela. Arrastra con la mano derecha una zamarra roja por la
calle empedrada y con la izquierda hace palanca para no caer. Su cara es
redonda y está desfigurada,
mezcla de alcohol y sustancias. Camina por el centro de los raíles del tranvía
para no perderse de sí mismo. Aleja las palomas, las únicas que podrían
delatarlo. No consigue ir más allá de la orilla del río.
Todo
es pantalla, una careta ¿Quién se va a fijar en un borracho? Más bien los
portuenses se alejan.
Las
cinco iglesias están en la mirada de las castañeras, colocadas estratégicamente
enfrente. Los extraterrestres siempre aparecen por el puente de la
Constitución, cuatro días al año.
El
clero es quien tenía el conocimiento, el poder. En los templos se guarda todo
el saber desde tiempos inmemoriales. Siempre supieron que otras culturas
vendrían algún día a robárselo. Y crearon las castañeras, aliadas de la
humanidad que neutralizan la maldad. Son
intocables: el fuego de las castañas las protegen.
Colocadas
en las esquinas de las iglesias, las castañeras vigilan a los extranjeros y
portuenses. Desarrollan una cualidad, los hombres pierden el interés al probar
la fruta; los deja drogados y olvidan lo que venían a hacer.
Las
misiones nunca se llevan a cabo. Los extraterrestres se van devuelta desmemoriados.
Este
año la acometida es del jefe que disfrazado de un hombre borracho, intenta
cruzar la urbe. Los caminos de hierro del tranvía lo ayudan para que no se
desvíe y llega hasta la capilla de los Clérigos. La castañera lo llama
ofreciéndole la fruta de la inconsciencia. Empeñado en cumplir la misión él no
hace caso, sigue adelante. Pero se encuentra con unos ojos más negros que la
noche. Son su perdición. La joven de quince años no precisó de castañas,
simplemente sonrió. La aprendiz de castañera convirtió al extraterrestre en un humano
perdidamente enamorado.
Y
colorín colorado... afirma la castañera.
Esta
noche cenamos en el piso. Calientes, descansados y felices. El día se nos
deslizó entre las manos.
Último día
No
sé explicar bien la sensación que tengo en esta mañana soleada. Tomamos fotos
para rememorar el momento de las despedidas. Con promesas de volver. Recogemos
el equipaje y nos besamos... hasta pronto.
Próximo
destino Lisboa, la ciudad de la luz.
RELATO Sabores de otra época
En
las manos una fotografía del mercado de Bolhao.
No sé de cuando es, lo que sí es cierto, nada tiene que ver con el de hoy.
Mercado
de Bolhao en la actualidad.
Cerca
de la Avenida de los Aliados, está el mercado. Una de las zonas más animadas de
la ciudad. Tiene varios pisos distribuidos en torno a un gran patio central. En
el interior de este decadente edificio está la esencia de la ciudad. Hay tiendas que nos transportan a los años veinte. Aunque se
caiga a trozos, el mercado de Oporto es uno de los edificios más emblemáticos
de la urbe.
El
sabor y el olor se mezclan en una obra poética de resistencia al tiempo.
La
música de Cesarea Évora
en el chillout
donde escribo estas palabras y la cerveza que degusto me complace
enormemente.
El
sol dándome en la espalda me envuelve, y lo sonidos de la campana de la Torre
de los Clérigos me despierta del dulzor melancólico de la música.
El
aroma de los olivos cerca de la Livraria Lello con una cola de personas
impacientes por entrar, entusiasma a los viajeros.
Évora lo envuelve todo. El mercado en el chillout
está conmigo, pegado, abrazándome.
Gracias
Oporto
Un
paseo por Oporto, del tres al seis de Diciembre 2016








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