jueves, 15 de diciembre de 2016

OPORTO - A CIEGAS - Cuaderno de viaje (traducido del gallego)



Día 1

¡Clara! ... ¿tengo que llevar toalla?
Así comienzan los preparativos de mi viaje a Oporto.
Un sol perezoso, en esta tarde de invierno, traspasa suave mi ventana dejando una estela de confort, acariciándome mientras escribo estas líneas.
 Al fondo un murmullo de palabras emerge del televisor. Están con el parte, anuncian buen tiempo para este fin de semana. Estamos de suerte.
Estoy feliz. No conozco aún a los compañeros de ruta, pero nos une las ganas y deseos de compartir palabras, emociones y risas.
Mi alma rueda camino de Oporto.
Os dejo unas palabras de Pessoa; tarea que tenemos que hacer:
“No saber de un mismo: eso es vivir”
“Saber mal de un mismo: eso es pensar”

Buenas noches día.





Día 2

El debate de Afirma Pereira,  nos tiene todo el día entretenidos con chorradas que tienen un buen fin: conocer sin reserva el libro de Antonio Tabucchi. En esta ocasión no escapamos de Portugal como hizo Pereira, más bien nos afianzamos en Oporto.
La tarea en esta mañana, algo oscura y con una brisa caliente, es encontrar tres iglesias y dos capillas: iglesia de las Carmelitas, la de los Congregados, la de Sano Ildefonso,  la capilla de la Torre de los Clérigos y la de las Almas. Vamos cómo chiquillos, ilusionados, con un jaleo descontrolado en la búsqueda de un tesoro.
Y allí está, situada en la parte alta, erguida y orgullosa, la capilla y la torre de los Clérigos. Es de arquitectura barroca y rococó construida en el siglo XVIII.  La belleza de la Iglesia y torre representan a la ciudad de Oporto. Las horas se marcan a golpe de carillón, aunque en esta ocasión no tenemos el placer de escuchar el himno de la alegría.

Capilla y torre de los Clérigos





Un poco más allá, pasando por la Livraria Lello, divisamos la Iglesia do Carme. Ocupando un lugar privilegiado en la plaza cerca del jardín de la cordoería. A su lado el convento de las Carmelitas, también de estilo rococó. Tiene dos fachadas en granito; la principal de tres alturas coronada  con una cruz y estatuas  de dos evangelistas. Y en un lateral, cubierta con azulejos azulados la imposición del escapulario en el monte Carmelo. ¡Es grandiosa!
La Capilla de las almas ya es cómo de la familia, pasamos delante de ella todos los días. Está en la calle Catarina. Se diferencia de las demás porque está revestida en su totalidad de azulejos; es del siglo XVIII. ¡Enamora!




Capilla de las Almas









Iglesia do Carme







Entre iglesia y capilla una paradita, deleitándonos con un vino de oporto para entrar en situación. Las risas ya están sueltas y no hay manera de contenerlas. De momento sólo hallamos tres de las cinco.

 Al atardecer el tiempo enfrió, una lluvia fina nos empapa. En el café Guaraní, clásico y elegante, nos resguardamos. Sostiene la puerta el bedel para que podamos pasar. En el interior las mesas son de piedra, de las paredes penden dos murales con retratos de indígenas. No tenemos la suerte de escuchar la música en directo o los fados de los que tanto hablan.
La tarde rinde y salen algunos relatos.
Finalizamos la noche en un restaurante pequeño, con sabor de hogar acaramelado por el un vino verde de la casa. Nos capta en la calle Tania  con una dulzura que no pudimos rechazar. Esa joven es un sostén importante para ese lugar.
Cenamos pinchos de bacalao, francesinha y carne a la parrilla. Todo humedecido con fado.  Muy buena noche, no echamos nada a faltar excepto algún secreto oculto que no viene al caso contarlo.
Pero como no soy Pereira, lo contaré: hicimos cola en la salida del aparcamiento. Teníamos entumecida la cordura con tanto vino y subimos en el coche sin pagar antes de recogerlo. Más risas.
Ya habíamos olvidado el percance de la mañana. Estuvimos encerrados en el sótano un tiempecito. El ascensor no iba y al grito de la campana nadie atendió. El explorador Stanlei saltó como si estuviera jugando a la comba y se puso en marcha. Suerte que tuvimos. Nervios y muchas risas.


  
RELATO                       La mal pagá

La cantante de fado  en el restaurante Duero, no es lo que pensábamos: es una mujer dañada por la vida...Graciela...
Un buen día se acerca a Graciela, un hombre bien parecido, su piel luminosa color chocolate y su cabello rizado del color del carbón atrapó a la joven muchacha. El muchacho venía en la búsqueda de sus raíces lucenses. Los padres farmacéuticos habían emigrado a Angola para hacerse un futuro.
Graciela, una mujer sin estudios y sin familia, pero ávida de aventuras y de dinero, no paró hasta encandilar al recién llegado a Oporto. La joven no era muy agraciada por lo que tuvo que discurrir un plan.
Con todo calculado, y en el preciso momento que el favorito pasaba delante de ella, esta tropezó y cayó a sus pies. Él, caballero y de buena familia, se prestó a ayudarla. Los encantos de Graciela se mostraron al joven muchacho en todo su esplendor quedando este prendado.
Se casaron y marcharon para Angola.

            Habían pasado tres años y dos hijos, pero Graciela no se adaptaba a ese país. Encarcelada en su propia casa, luchaba por una república independiente. Temía contagiarse de enfermedades infecciosas que asolaban la región y no se llevaba con la suegra. Escapó. No contaba con que no le dieran un duro. Perdió a ese hombre por no quererlo lo suficiente. Lo que no sabía es que le iba a doler tanto la pérdida de las hijas. Quedó vacía.
Sin dinero y sola tocó fondo, hasta que un alma caritativa le dio un lugar para dormir. Pero Graciela era avispada y la enseñaron a cantar fado. Ahora se ocupa en eso, cuenta su vida por la ciudad de los puentes.
Su presencia, vestida de negro, con la cara oscura y  un rictus de dolor, la hacen más apetecible para narrar la tristeza y el desgarro, convirtiendo la aflicción en belleza.

Restaurante Duero




  
Dia 3
Son las ocho y media de la mañana y ya estamos con el desayuno. De lujo. Bufet, todo dispuesto en el comedor, zumo, leche desnatada, de avena, café, galletas, tostadas de aceite... Desde la ventana se divisa toda la ciudad.
Apunta que hoy vamos a tener un buen día.

Los exploradores Stanlei y Linvingston ya están discurriendo un plan donde comer económico. Mientras Clara nos da los deberes del día.
Estamos esperando el tranvía en el centro, cerca de la magnífica estación del tren. San Bento, un monumento en el centro de la ciudad. Fue hasta el siglo IX un antiguo convento. Al traspasar el umbral un aire melancólico nos acaricia la cara. Altiva, de sus paredes adornan veinte mil azulejos. Un mosaico digno de admiración. El apresurar de las gentes nos rescata del recogimiento.

Estación del tren San Bento





Hace un sol de justicia. Poco a poco vamos desprendiéndonos del abrigo, y todo lo que el decoro nos deja. El tranvía que nos llevará hasta la desembocadura del Duero en el océano, está tardando. Delante de mí un personaje me atrapa. Ya tengo enfilada una historia para mañana.
Sentados en el tranvía pasamos por debajo del puente de la Arrábida. Una belleza en el trenzado.  El día está lleno de colores y sabores .La calidez del aire que entra por la ventana calma los calores anteriores en la parada.  En la otra orilla está Villa Nueva de Gaia, con las afamadas bodegas a lo largo de la ribera.
Almorzamos en un bar llamado  Bartolo,  típico portugués. La verdad que hace honra a su nombre. Tardaron más de una hora en servir. Cuando unos finalizaban otros empezaban a comer. Este no lo recomendamos. Los exploradores Stanlei y Linvingston  no tienen culpa.


RELATO                       El salto de los amantes

El río Duero llega sosegado después de la lucha vivida a lo largo de su recorrido. Desde su nacimiento en Fuentes del Duero el perfil ya está marcado, fluyendo por las villas y ciudades a su paso, vaciándose de vez en cuando en las fincas de alrededor. Tiene tramos de peligro y con las lluvias del invierno se forman arribes. Llegando siempre a tiempo a los brazos de su  soñado y amado  océano.
Este, llega la playa de los ingleses luchando contra  dragones que anidan en su ser a lo largo de todos los mares.
Cuando Duero traspasa la lengua de arena, último obstáculo que los separa, el beso es turbio, caprichoso y enraizado. Con la puesta de sol, río y océano se aman. Las ondas hacen espuma al romper en la arena hasta que se adormecen. Él ofreciéndole su dulzura y el océano su fiereza con sabor a sal.
Es de tal belleza, que hombres y mujeres acuden a verlos danzar. Niños a sabiendas de tanta expectación, las cabrioladas cada vez son más excitantes robando gritos de placer a la muchedumbre.




La muerte del Duero





Las sombrillas se cierran. El espectáculo se aletarga. Las manos se calientan alrededor de una taza con tisana y una leve sonrisa nos emboba la cara acompañando al atardecer. El rumoreo de esta unión apaga las voces. Solo silencio. Los ojos de fuego de los catamaranes vigilan que, una vez más, se cumpla lo que está destinado a ser; y la luna viene a saludar, menguante, para no  robarle protagonismo a los amantes.

Por fin encontramos la  Iglesia de los Congregados, entre la estación de san Bento y el metro. El vestíbulo es de azulejos y pinturas murales con escenas de la vida de San Antonio ¡Maravillosa!
Esta noche cenamos en casa. Tertulia y lectura de relatos hasta bien entrada la noche.  Un placer. Ya somos una familia.

Día 4
Cada día estamos más cómodos en el piso. Tiene cinco habitaciones y tres baños. Menos una que duerme sola, los demás están acompañados. Miento, uno de ellos acampa en el sofá. Las bromas están por las esquinas, a escondidas, a la espera de que alguien las encuentre. Mientras, los exploradores salen a hacer las pertinentes  pesquisas para comer, nosotros trabajamos con rigor en una leyenda.
Almorzamos en la “casa de pasto el Delfín”. El dueño se llama Silva, cosas del destino –personaje de Afirma Pereira–. Está cerca de la capilla do Carme, en la calle Oliveira. Esquina con el bar “Tenemos quasi todo”.
Esta vez y como siempre, tenemos que dar las gracias a Stanlei y Linvingston acertaron de lleno con la casa de comidas. Riquísimo todo.
En la calle cerca de la casa donde almorzamos, compramos libros viejos para la familia en una librería con  mucho encanto.


LEYENDA                  Las guardianas del saber

El jefe es ese hombre que tiene apariencia de persona enferma. El cabello negro carbón le cae hasta los hombros. Calza unas zapatillas deportivas blancas: una la lleva a modo de chinela. Arrastra con la mano derecha una zamarra roja por la calle empedrada y con la izquierda hace palanca para no caer.  Su cara es  redonda y  está desfigurada, mezcla de alcohol y sustancias. Camina por el centro de los raíles del tranvía para no perderse de sí mismo. Aleja las palomas, las únicas que podrían delatarlo. No consigue ir más allá de la orilla del río.
Todo es pantalla, una careta ¿Quién se va a fijar en un borracho? Más bien los portuenses se alejan.
Las cinco iglesias están en la mirada de las castañeras, colocadas estratégicamente enfrente. Los extraterrestres siempre aparecen por el puente de la Constitución, cuatro días al año.
El clero es quien tenía el conocimiento, el poder. En los templos se guarda todo el saber desde tiempos inmemoriales. Siempre supieron que otras culturas vendrían algún día a robárselo. Y crearon las castañeras, aliadas de la humanidad que  neutralizan la maldad. Son intocables: el fuego de las castañas las protegen.
Colocadas en las esquinas de las iglesias, las castañeras vigilan a los extranjeros y portuenses. Desarrollan una cualidad, los hombres pierden el interés al probar la fruta; los deja drogados y olvidan lo que venían a hacer.
Las misiones nunca se llevan a cabo. Los extraterrestres se van devuelta desmemoriados.
Este año la acometida es del jefe que disfrazado de un hombre borracho, intenta cruzar la urbe. Los caminos de hierro del tranvía lo ayudan para que no se desvíe y llega hasta la capilla de los Clérigos. La castañera lo llama ofreciéndole la fruta de la inconsciencia. Empeñado en cumplir la misión él no hace caso, sigue adelante. Pero se encuentra con unos ojos más negros que la noche. Son su perdición. La joven de quince años no precisó de castañas, simplemente sonrió. La aprendiz de castañera convirtió al extraterrestre en un humano perdidamente enamorado.
Y colorín colorado... afirma la castañera.

Esta noche cenamos en el piso. Calientes, descansados y felices. El día se nos deslizó entre las manos.


Último día

No sé explicar bien la sensación que tengo en esta mañana soleada. Tomamos fotos para rememorar el momento de las despedidas. Con promesas de volver. Recogemos el equipaje y nos besamos... hasta pronto.

Próximo destino Lisboa, la ciudad de la luz.



RELATO                Sabores de otra época
En las manos una fotografía del mercado de Bolhao. No sé de cuando es, lo que sí es cierto, nada tiene que ver con el de hoy.

Mercado de Bolhao en la actualidad.




Cerca de la Avenida de los Aliados, está el mercado. Una de las zonas más animadas de la ciudad. Tiene varios pisos distribuidos en torno a un gran patio central. En el interior de este decadente edificio está la esencia de la ciudad. Hay  tiendas  que nos transportan a los años veinte. Aunque se caiga a trozos, el mercado de Oporto es uno de los edificios más emblemáticos de la urbe.
El sabor y el olor se mezclan en una obra poética de resistencia al tiempo.
La música de Cesarea    Évora   en el   chillout  donde escribo estas palabras y la cerveza que degusto me complace enormemente.
El sol dándome en la espalda me envuelve, y lo sonidos de la campana de la Torre de los Clérigos me despierta del dulzor melancólico de la música.
El aroma de los olivos cerca de la  Livraria Lello con una cola de personas impacientes por entrar, entusiasma a los viajeros.
Évora  lo envuelve todo. El mercado en el  chillout  está conmigo, pegado, abrazándome.

Gracias Oporto





Un paseo por Oporto, del tres al  seis de Diciembre 2016


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