miércoles, 24 de mayo de 2017

EN EL TIEMPO DE TARUB (Traducido del gallego)


De pronto tenía en su casa una Americana.
Entendía el español pero apenas lo hablaba; huérfana de madre cubana e hija de neoyorquino, marchó a vivir a la tierra natal de su padre siendo muy niña. El pelo largo anaranjado le caía en cascada hasta la cintura resaltando su piel morena. La ropa que vestía, pasada de moda y de colores oscuros, parecía más de una mujer madura que de la joven que era. 

Cuando fue cogiendo confianza, comenzó a chapurrear  el castellano mezclando las lenguas.
Pasaban los días y como en un  rompecabezas, poco a poco, la americana le contó que había venido a Galicia a la casa de una tía, hermana de su madre. Aunque  sobrina y tía no se conocían, su madre  le pidió que le diese cobijo por un tiempo.

La Americana se confesó con su nueva amiga Estela. Trabajaba en una galería de arte en la Quinta Avenida en Nueva York. En el verano de hace dos años, una mañana de un día muy caluroso, desembalando paquetes, un escalofrío recorrió su cuerpo: tenía entre las manos una pintura de un artista plástico español del siglo VIII. Desde aquella estaba inquieta, algo se agitaba en su interior y una fuerza invisible la empujó a viajar a España. Unos días más tarde, en septiembre, en el asiento número treinta y dos pasillo, del vuelo Iberia Nueva York - Madrid con escala en Santiago de Compostela, una excitada y esperanzada joven, rezaba a una imagen en una estampa que llevaba entre las manos, “La Virgen de las Angustias para casos imposibles y urgentes”; esta devoción la heredó de su abuela cubana.

Le contó también a Estela que se casaría en tres meses, enseñándole la invitación de boda. El veinte de marzo de mil novecientos ochenta, se dirían el sí quiero. El novio, nativo de la isla de Manhattan, no entendía ni compartía ciertas cosas que hacía su prometida.

Un mediodía de miércoles, en casa, sentadas alrededor de la mesa de la cocina, la americana estudiaba con entusiasmo el poso de café en la taza, regalo de boda de uno de los doce juegos que recibió  Estela de sus parientes antes de casarse. Leía en el poso el futuro de la nueva amiga española, divorciada, con un hijo pequeño a su cargo.

En el fondo de la taza, los posos del café le hablaban:
_Ten cuidado de un hombre, tienes que alejarte, es destructivo. Se avecinan años tormentosos si no vas con cuidado.

Estela se separó hace unos meses, después de un tormentoso matrimonio. Quedó en la casa familiar con su hijo por orden del juez.
Por primera vez desde hace siete años, vuelve a disfrutar de una libertad ya olvidada, con una promesa de esperanza.
Cuando se casó, Estela tenía veinte años. Un cabello castaño claro le endulzaba la cara de piel blanca. De ojos grandes, enamorados y entusiasmados. Los vestidos cortos que lucía dejaban al descubierto unas piernas largas y  doradas por el sol del verano.  Aunque sus padres eran permisibles, ella quería ser libre de los lazos familiares.

La Americana llegó a Galicia a la casa de la tía -una cubana que recaló en los años cincuenta en esta tierra, detrás de un hombre que le dijo que la quería; vivía de un pequeño negocio, un estanco cercano a la parroquia. La tía, enseguida, le arrebató el dinero aún caliente que traía en el pecho la joven, y lo escondió bajo llave con el equipaje. No le gustó nada esa ropa moderna del demonio que lucía y que portaba en la maleta: atuendo de “la gran manzana neoyorquina”; un escándalo, chillaba. El buen talante de esa mujer  lo había dejado allá, en la Habana.

-¡De mi casa no sales con esas pintas! Aquí harás lo que yo diga. -Sentenció.

Le echó a la cara la  poca ropa que vestía ahora. Indumentaria de sus años jóvenes y con un olor penetrante a alcanfor.
La americana, sola, en medio de la nada, la única compañía eran las vacas que pacían  y bramaban en las fincas de alrededor. Desalentada, llena de frío en un invierno de nieblas, con los pies metidos en el horno de la cocina de hierro para calentarse y en una habitación sin luz,  enloquecía.

 Un buen día engañó al miedo y escapó todo lo lejos que pudo de la casa de la tía, de los gritos, y de lo  que allí acontecía.

Conoció a un grupo de amigas en un bar del pueblo, a cuatro kilómetros del estanco. Congenió más con la divorciada. Estela no tenía que dar explicaciones a nadie, el hijo todavía era pequeño.
Sin dinero, sin ropa, no hablando bien la lengua, acampó en la casa de la nueva amiga. No tomaba alcohol -le contó un día-, tenía miedo de que un espíritu en pena, que llevaba con ella mucho tiempo, saliese a la vida si bebía.

Muerta de curiosidad, como una ladrona de su intimidad, Estela la invitó a vino. Tenía que saber…y al calor de la aventura le contó.
En el momento  en el que el líquido rojo y viscoso se deslizó por su garganta, mezclándose con los fluidos del estómago y como en la lámpara de Aladino, una maga comenzó a batir palmas sin descanso, zapateaba con pasión atronando el espacio; Y desde las entrañas llegaba hasta su boca una voz ronca, grave y con hechizo, que salía del cuerpo de la americana, aunque ya no era el suyo.

Tarub, se llamaba. Daba vueltas, cantaba y bailaba sin descanso y, cuando la euforia iba remitiendo, dijo con voz antigua y hermosa:

_Son hija de herrero, gitano de Sevilla, cantaora y bailaora de flamenco, mi familia y yo vivíamos cerca de la Muralla del Alcázar. En el puente de Triana un árabe me clavó un puñal en la espalda. Mi madre fue esclava bereber. En tiempos de la conquista  al-Ándalus, y morí sin despedirme de los míos. No supe ver mi destino, las cartas no me hablaron.

Con Tarub tenían fiesta a diario. A sabiendas de la transformación, en los bares la invitaban a beber. Los amigos hacían un corro y tocaban  palmas, como en un tablao flamenco. Leía las líneas de la mano, echaba las cartas prediciendo el futuro y, todas las noches regresaba a  casa en un estado lamentable.
Las amigas discutían, tenían celos de Estela, de tener a la Americana sólo para ella. Esperaban horas en la casa para que les echara  las cartas, para conocer un futuro que no siempre era fácil.

Pero la extranjera había viajado a España para despojarse de esa alma errante que calzara en esos zapatos prestados, adormilando en su cuerpo. Tenía que tomar una decisión, no le quedaban días, el visado caducaba y ya era tiempo de retomar su vida. Su novio la reclamaba; él no supo el motivo del viaje.

Reunió a las dos nuevas amigas y les pidió ayuda. Era fácil de entender, -¡estaban en tierra de meigas!

Decidieron viajar a Triana, al camino del  Al-Ándalus, animadas por la aventura, la belleza de la arquitectura, la filosofía y la literatura.

El pequeño auto “Talbot Samba” rodaba por las tierras heladas de Castilla con unas jóvenes  alocadas con ganas de aventuras y deseosas de poder ayudar a su extraña amiga. Atravesando los campos de olivas de Andalucía, la Americana palideció: tenía la piel del enemigo en la mirada. Es como sí ella perteneciera a esa tierra.

El primer día estaba gris. A las puertas del camposanto sevillano, las hojas de los árboles se hacían cosquillas, y una de las amigas, la soltera, temblaba de miedo y vergüenza. Empapada por la lluvia fina, no dio un paso más. Al anochecer y ya en el interior del cementerio, Estela y la americana caminaban despacio, una pegada a la otra, sin saber qué hacer, corría una brisa inquietante. Vieron a una mujer, entrada en años, que fregaba los panteones con cepillo de púas y jabón de escamas, arrodillada, cómplice de los que allí dormían el sueño eterno.
Encontrar lo que buscaba...
Sola, el día sucumbió a la noche, una noche oscura de invierno iluminada por unas pocas farolas.
Atemorizada recorrió el camposanto, escrutando las tumbas, buscando indicios, esperando respuestas.
Prendió velas en todos los nichos como en un ritual, mientras, el viento silbaba y se colaba entre las piedras centenarias cubiertas por la flora que en Santos nadie limpió, y, en agradecimiento, las almas que la rondaban le dijeron en murmullo:
–Americana, ¿a  quién perdiste?

Desconcertada no supo que decir, sólo buscaba. En ese momento... Tarub habló.
–Busco mi piel, mi corazón, mi sonrisa, mi lugar.
Y las almas hablaron entre ellas y respondieron.

 La mujer dejó lo que estaba haciendo un momento, para mirar a una joven que pasó a su lado arrancándose la ropa,  primero el chubasquero color rojo, que dejaba caer al suelo a su paso, luego la rebeca de algodón gruesa, los guantes y la bufanda habían quedado ya atrás, así como la amiga.
Las dos mujeres quedaron asombradas cuando la americana se detuvo en un rincón del cementerio ya desnuda.
_pero… ¿qué hace? – dijeron a dúo.

No miró atrás, no tenía frío, no sentía ni padecía. En la fosa común donde descansaban los “sin nombre”, hablaba en un murmullo, mezclándose con voces de vidas pasadas que sólo ella comprendía.

Y en el espacio del éter un alma erraba.

La Americana se despidió de una noche larga y llena de súplicas. Sintió un leve roce en todo el cuerpo y una caricia en la nuca, dándole fuerzas. Agradecida se retiró. Ya se veía el día.
Sus pies, como si de alas se tratara, la condujeron junto con las amigas: una columna de árboles frondosos las recibieron. Estos, agitaron sus ramas dando paso a un cielo limpio y hermoso de invierno.

Una vez que sus corazones se calmaron de tanta emoción, disfrutaron de la ciudad, recorriendo Triana y todos los lugares donde había vivido Tarub.
La Americana revolucionó la vida de Estela. Fueron tiempos de cambios, de crecer, de no mirar atrás y de comprender.
Agradecida y con lágrimas en los ojos, la americana se despidió de Estela, sabía que no asistiría a su boda. No la volvería a ver.

Ya sin Tarub y soñando con la libertad y con su amor, decidió marcharse. El último jueves de noviembre “día de Acción de Gracias” llegaría a su hogar. Escucharía a su pastor y daría gracias a dios por todas las bendiciones y las dos familias celebrarían alrededor del hogar. Almorzarían pavo asado, verduras, papas dulces y pastel de calabaza. 

Todo estaba bien, la vida le volvía a sonreír.

 En la escalera del avión, el viento juguetón tropezó con la Americana y un escalofrío le recorrió el cuerpo:


A Tarub le gustaba viajar.

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