Antes..., antes de que la vida
me fuese arrebatada.
Salgo a la calle empedrada
del casco antiguo. La ciudad desprende olor a tierra húmeda. El único sonido
latente es el de mis chanclas al caminar habitadas por los pies desnudos y como
atuendo mi desánimo.
El aire de la mañana de este
mes de Julio es fresco, pero se esperan temperaturas altas a la hora bulliciosa.
Las tiendas despiertan al día, levantan sus rejas y una luz plástica moldea sus
productos.
Arropado por mi brazo
izquierdo llevo el periódico, cargado de candentes nuevas primicias esperando
ser leído con avidez. Me gusta esta hora vespertina y tranquila. La terraza
todavía está vacía de clientes y el camarero, lozano, me sirve el primer café amargo,
sin edulcorantes.
La llegada del “Aquarius” ocupa las primeras páginas.
Médicos sin fronteras muestran el horror sufrido por los migrantes africanos en
aguas mediterráneas durante el rescate de seiscientas veintinueve personas.
Intranquila por tan malas noticias apenas saboreo el segundo
café y observo el mar calmo. Me lo imagino de un color rojo en alta mar; de
pérdidas, de historias que ya no podrán ser contadas. Relatos de mujeres
maltratadas desde su nacimiento para que se hagan duras y puedan soportar
violaciones en su adolescencia. De niños con la mirada perdida, sin abrazos de
amor, a la deriva.
De regreso a casa mis
pensamientos ocupan todo el espacio, las noticias de la prensa me dejaron mal
cuerpo ¡Cuánto horror!, ¡cuánta crueldad!
Abro el portal de mi
edificio y voy directamente al garaje. Tengo que hacer la compra del mes y
necesito el coche. Violentamente, me tapan la boca.
Son dos hombres jóvenes,
fuertes, a cara descubierta. Me arrebataron primero el bolso. No opuse
resistencia ni les amenacé. Ya, Sin fuerzas y vejada, quebrantaron la barrera del
mal.
Tres incisiones producidas por arma blanca: dos en el vientre y la otra en la zona torácica me hicieron perder la vida.

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