Con el pie desnudo, Lola busca el fresco en los rincones de las sábanas de algodón. No duerme, le da vueltas a una historia. No tiene sosiego. Estas noches de insomnio el cuerpo aún recuerda el somnífero. Esa píldora blanca tan fácil de tragar y de la que ella sabe tanto.
–Probaré el método -dos -cuatro -siete para quedar dormida en un minuto. Dicen que es infalible.
–Uno:
cojo aire por la nariz durante
cuatro segundo.
–Dos:
Mantengo ese aire en los pulmones…
¡Esas noches! Lola recuerda y esboza la sonrisa
de la nostalgia: viernes delante del espejo. El perfilado del ojo. El cabello
recogido en moño bajo. Zapatos de tacón alto, negros, como el vestido de
espaldas desnudas. El único adorno es un collar de cuentas de cristal de roca.
Rematada la faena se besa en la imagen que le devuelve el espejo. A su paso un
rastro de perfume mezclado de carmín frambuesa de sus labios.
Salía a bailar tango. La enseñó un amor loco que dejó atrás en Buenos Aires. Conoció la felicidad al lado del porteño. Tiene nostalgia de sus manos, grandes, de dedos finos y largos.
Salía a bailar tango. La enseñó un amor loco que dejó atrás en Buenos Aires. Conoció la felicidad al lado del porteño. Tiene nostalgia de sus manos, grandes, de dedos finos y largos.
La despierta de su ensoñación el timbre de la
puerta que la hace saltar de la cama. Son las ocho de la mañana.
Alborozada entra la peluquera llena de
cachivaches y, detrás de ella, la modista con el vestido de novia, blanco inmaculado.
– ¡No me caso!
¡Solo estoy embarazada! ¡Es un error! … voy a vomitar.
– ¡Pero Lola, enloqueciste! ¡Estás de
cinco meses! ¿Qué vas a hacer!
Por el watsapp del grupo de boda, cancela el
enlace.
–Ya se encargarán
de divulgar la noticia.
Ella regresa al calor del hogar, a la felicidad
extrañada. A bailar tango
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| Pintura de la artista plástica Encarna Orero |


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