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| Editorial Diversidad literaria |
Subir de nuevo a la habitación, sentarme a su lado. Tomar sus manos entre las mías y asentir.
– ¡No pases apuros! ¡Prométemelo!
Sí, esas fueron sus últimas palabras.
Y así, en los últimos treinta segundos de su vida, se lo prometí.
Y me dejó, sin más, con un juramento de supervivencia en mis labios temblorosos.
¿Y ahora, que? Ahora… sobreviviré.

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