Las
campanas tañen en el preciso instante en que el tren anuncia su llegada en la
pequeña estación.
El
día está gris, pero para la familia Cafrune luce el sol. Su hija regresa a casa. Anhelantes
no ven el momento de abrazarla y besarla. Un beso por cada día fuera de su
hogar. Están ahí para abrigarla, tranquilizarla y conducirla a un nuevo día.
Cuando
sus pies, que calzan unas botas toscas, pisan
suelo conocido, dos lágrimas recorren lentamente su mejilla parándose en la
comisura de sus labios finos, entreabiertos y temblorosos por la emoción de
verse de nuevo en casa.
Arropada,
su padre le susurra al oído:
–Ojos de agua, parpadea sin temor. Deja correr
tus lágrimas. Todo está bien.
En
la noche el miedo la envuelve. Rememora el terror y la sombra de la culpa la
atormenta. Acuden a ella los gritos, el llanto.
La desolación de los vivos.
Ella
viene de matar.
Aquella
mañana de primavera, hace ya dos años, no se escuchaba el trinar de los pájaros
como de costumbre. El día pasó indolente, dando paso a una oscuridad muda.
Los
niños jugaban con cualquier cosa que encontraban en los alrededores y
vertederos de su pequeña comunidad.
En
la espesura de esa noche tediosa, la arrancaron de los juegos inocentes. Estaba
más cerca de los doce años que de los once.
Fue
capturada y arrebatada de su aldea por un grupo de radicales sicarios, llevándola
muy lejos de allí.
Ya
en el campamento, los terroristas, la
juntaron con más chicos de su edad en un habitáculo lleno de miedo y orines. Paralizados no se atrevían a hablar, sus
respiraciones eran silenciosas. Las
preguntas llegaban a sus labios trémulos:
–
¿por qué yo?
Sus
ojos miraban al suelo para ocultar el terror que sentían.
Con
gritos de mando, bofetones, hambre y un calor insoportable, creció de prisa, sin esperanza de volver a la vida
que le fue robada. En su corazón, bajo un manto helado, encerró el nombre que
le pusieron sus amantes padres cuando nació. El de guerra es Keled.
La
enseñaron a matar, a no pensar. A odiar. A no tener voz. Ella no valía nada.
El
fusil era una prolongación de su brazo, de su nueva mala vida. Dormía y comía
pegada a su mosquetón.
Ya
era una máquina de matar.
Con
trece años, más nueve meses y un suspiro de vida, unos brazos fuertes la
sostenían dejándola a las puertas de un hospital con una misión que le llegó en
susurros traspasando su inconsciencia;
–Vive,
cuéntales al mundo…
Se dice que la salvó un radical arrepentido.
Su nuevo
nombre de significado “la inmortal”, la preservó de desaparecer en el cielo
nocturno como una estrella fugaz.

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