domingo, 18 de septiembre de 2016

LADRONES DE VIDAS



Las campanas tañen en el preciso instante en que el tren anuncia su llegada en la pequeña estación.
El día está gris, pero para la familia Cafrune  luce el sol. Su hija regresa a casa. Anhelantes no ven el momento de abrazarla y besarla. Un beso por cada día fuera de su hogar. Están ahí para abrigarla, tranquilizarla y conducirla a un nuevo día.
Cuando sus pies, que calzan unas botas toscas,  pisan suelo conocido, dos lágrimas recorren lentamente su mejilla parándose en la comisura de sus labios finos, entreabiertos y temblorosos por la emoción de verse de nuevo en casa.
Arropada, su padre le susurra al oído:
 –Ojos de agua, parpadea sin temor. Deja correr tus lágrimas. Todo está bien.
En la noche el miedo la envuelve. Rememora el terror y la sombra de la culpa la atormenta.  Acuden a ella los gritos, el llanto. La desolación de los vivos.
Ella viene de matar.

Aquella mañana de primavera, hace ya dos años, no se escuchaba el trinar de los pájaros como de costumbre. El día pasó indolente, dando paso a una oscuridad muda.
Los niños jugaban con cualquier cosa que encontraban en los alrededores y vertederos de su pequeña comunidad.
En la espesura de esa noche tediosa, la arrancaron de los juegos inocentes. Estaba más cerca de los doce años que de los once.
Fue capturada y arrebatada de su aldea por un grupo de radicales sicarios, llevándola muy lejos de allí.
Ya en el campamento, los terroristas,  la juntaron con más chicos de su edad en un habitáculo lleno de miedo y orines.  Paralizados no se atrevían a hablar, sus respiraciones eran silenciosas. Las  preguntas llegaban a sus labios trémulos:
– ¿por qué yo?
Sus ojos miraban al suelo para ocultar el terror que sentían.
Con gritos de mando, bofetones, hambre y un calor insoportable, creció  de prisa, sin esperanza de volver a la vida que le fue robada. En su corazón, bajo un manto helado, encerró el nombre que le pusieron sus amantes padres cuando nació. El de guerra es Keled.
La enseñaron a matar, a no pensar. A odiar. A no tener voz. Ella no valía nada.
El fusil era una prolongación de su brazo, de su nueva mala vida. Dormía y comía pegada a su mosquetón.

Ya era una máquina de matar.

Con trece años, más nueve meses y un suspiro de vida, unos brazos fuertes la sostenían dejándola a las puertas de un hospital con una misión que le llegó en susurros traspasando su inconsciencia;

–Vive, cuéntales al mundo… 

Se dice que la salvó un radical arrepentido.
Su nuevo nombre de significado “la inmortal”, la preservó de desaparecer en el cielo nocturno como una estrella fugaz.



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