martes, 14 de noviembre de 2017

EQUINOCCIO DE VERANO


Con desgana dobló la ropa que usaba en el gimnasio y la guardó en el segundo cajón de su cómoda. El verano era inminente. Los lápices recién afilados reposaban en el pequeño cajón del escritorio. El cuaderno donde tomaba notas, algunas incoherentes, cerrado y el ordenador apagado. Al inerte invierno le acompañaron los talleres de escritura, el club de lectura y los amigos estacionales.

Sobre la cama de su dormitorio ya lucía la colcha ligera de entretiempo, de un color blanco roto. Las persianas ligeramente bajadas para que la habitación descansara en la penumbra.

Llegó el momento de dejar su castillo amurallado, de lucir sonrisa, la que ensaya delante del espejo por exigencia de la estación, por la obligación de ser “feliz”. Ya es hora de tomar decisiones y dejar esta falsa luna de miel, y las penas que vienen envueltas en el aire. Sí, es la hora de ejecutar los pensamientos.

No dejará que la soledad atraviese de nuevo su corazón ya curtido. Tomó la maleta, la mediana, la de las mini vacaciones, la bolsa de mano y salió a encontrarse con el pozo de los deseos. El sol se ponía en ese instante y una brisa agradable le acarició el rostro, limpio, sin maquillaje. La cegó la luz y la envolvió el perfume que flotaba en el aire. El trinar de los pájaros sosegó el corazón desbocado.

Quizá rompa sus propias normas y se bañe en el agua salada del mar, quizá en la puesta de sol se tome una cerveza, o tal vez se pierda entre la multitud.

Si, quizá este verano sea el año y no tenga que fingir, quizá, y solo quizá tenga el valor para ser feliz, feliz de verdad.




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