Traducido del gallego
Son
las ocho de la tarde, es viernes. Mariana se acerca hasta la ventana como todos
los días.
Pega
la cara al cristal entreabierto, agradece la humedad y se contagia de lo que ocurre
en la plaza, respirando ese mundo que conoce bien y que ya no tiene acceso.
Huele a llanto, a despedida y a ceniza. Pasa las noches despierta, y hace suya
la vida de los demás. Está sentenciada en una silla de ruedas.
La
noche no es muy fría para ser finales de octubre, pero la bruma comienza a
bajar. El escenario está preparándose; las farolas, con su luz tenue,
desprenden un halo difuso de complicidad. Más allá, en la acera,
el chirriar del tranvía anuncia su llegada directo desde las cocheras de
Traviesas. Hace entrada a las veinte treinta. El mismo que años atrás cogió su novio. Nunca regresó.
En
el aire se mezclan olores de enfermedades, de harina, de castañas asadas y de fritadas.
Cerca de la ventana, desde un segundo piso de un edificio ruinoso, Mariana se ahoga
en las entrañas de la nostalgia mientras transcurre la noche. Acaricia las
perlas del collar, ya desgastado por el tiempo, que luce en su cuello aun
sabiendo que son falsas. Regalo de su hombre, de cuando tenía los ojos llenos
de lágrimas sin derramar. Ahora acecha a los solitarios que salen aprisa del
cine Odeón, y a las parejas jóvenes con risas nerviosas, iniciando las primeras
historias de amor.
Mariana
atisba entre las contras, más allá, la tahona
y la casa de comidas.
El
sereno anuncia con el silbato el cierre de los portales. Tiene por delante una
noche larga de vocear las horas en punto y dar el parte del tiempo.
Ya
cerca de la media noche comienza el desfile que más le gusta, las putas. Las
putas de la capital, así les llaman para diferenciarlas de las de la calle
Placer, rondadas por los marineros que llegan al puerto a diario.
Huele
a desarraigo y confusión, a labios rojos, a respiración entrecortada y a
oscuridad. Pasean delante de las farolas con los pechos descubiertos, tacón
alto y medias de malla por encima de las rodillas, moviéndose con gracia. Con lascivia.
Los
autos rosman, y el olor a testosterona fluye entre la niebla de la noche. Un hedor
a respiración agitada y cuerpos impregnados de sexo, que se mezcla entre
hombres y mujeres de perfume barato y el humo de los coches.
Mariana
repara en el chulo, escondido en un portal detrás del sombrero, mirando todo lo
que hacen sus fulanas, “Caperucita, Blancanieves o la Bella Durmiente” nombres de guerra,
inventados por ellas para no olvidar la lejana infancia donde todo era inocente.
Pasan
las horas y el guardián, sin vergüenza, coge la recaudación, dejando atrás un
rastro de orines y amargura.
La
de la noche es su familia. Mariana fue puta hace años, antes de casarse. En la
misma calle, desfilaba pavoneándose debajo de las mismas farolas. Cuando su marido
la dejó todo fue a peor, volvió al bulevar. Cada noche bebía para olvidarlo, a
él y a sí misma.
El
fatídico día el aire olía a presagio. Despertó en el hospital militar un
mediodía primaveral. La paliza que le habían dado la dejó inválida.
En
el albor de la mañana, en la ciudad olívica, y en la misma avenida, los
primeros tranvías ataviados con la bandera gallega y viguesa llegan abarrotados
de vendedores ambulantes. Ofrecen a los transeúntes frutas y verduras con aroma
a vida, a tierra. Los lecheros comienzan el reparto en las casas y silban
cuando pasan al lado de las chicas,
sacándole a Mariana una sonrisa.
Huele
a mar y a sal, a pescado aún vivo que las vendedoras de la lonja, con el capacho
en cabeza, llevan al mercado.
La
lluvia intensa que cayó esta madrugada de Santos deja la calle ya limpia de
pecado. Mariana se encuentra con un nuevo día, el reloj de pared de la sala da
ocho campanadas. Siente pasos, es Pepa, que con su inocencia le ofrece los
primeros churros de la mañana en un cornete de papel de periódicos.
Ya
es hora de dormir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario