Miro
a través de la ventana con una taza de té caliente entre las manos y sonrío. Hace
frío. Me espera el sofá y la mantita cálida de suave pelo, lápiz y papel.
Hace
tiempo que dejé de soñar, de pedir un deseo. Hoy ya no sería el mismo de cuando
chica, o de cuando me casé y me divorcié. Sería otro, un deseo mayor.
¿Alcanzar
quizá una estrella? ¿Brillar con luz propia?
El
cuento de hadas no tardó mucho en volverse menos hermoso de lo esperado.
Veintisiete
años. Sola. Dos niños, dos trabajos y facturas por pagar...
¡Estrella fugaz dame fuerzas!
Estrellita, estrellita: ¿el sueño que
tuve esta noche, se cumplirá?
Ansío
amar. Volver a reír con él en la playa fumando la hierba de la risa. Bailar
hasta el amanecer y comer churros con chocolate caliente. Viajar sin prisa,
perdernos por las carreteras interiores con el sol despertando. Tomar el pulso
a las ciudades y catar el vino y queso del lugar.
Cogerlo
de la mano y que no me suelte. Ver la lluvia de meteoros, Oriónidas, Táuridas, Leónidas
y Gemínidas en el balcón de la playa, cara al mar y soñar… soñar.

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