Traducido del gallego
Es
otoño, diez de noviembre del dos mil quince. Estoy en el Parque Nacional de la
isla de Ons, cerca del Agujero del Infierno. En este mes, como todos los años
desde hace cincuenta, hago el mismo recorrido por las islas Atlánticas. Cíes,
Sálvora, Cortegada... Es un ritual.
A
mi lado una muchachita de doce años, mi bisnieta, que se empeñó en acompañarme
este día. Creo que es cosa de mi mujer, dice que ya va siendo hora que le deje
en herencia mis sentimientos, que la enseñe a amar lo que yo tanto quiero.
Caminamos
despacio, el día está claro, sin nubes. Es un otoño seco como no se recuerda.
La tierra desprende vida con aroma a música y a sal, dejando huella en nuestra
piel. Las hierbas de enamorar trepan por la roca, hermosas, entre los
matorrales.
La
niña está asombrada de la belleza del azul prusiano del océano, de las aguas
disfrazadas de verano, del viento fresco marinero y suave que le hace caricias.
Me pregunta:
- Bisabuelo, ¿por qué las hojas de los
árboles tienen tantos colores?
El
equinoccio del otoño es un regalo para la vista. -¿hueles las hojas?, huele a ocres,
verdes, amarillos y rojos. Bailan en los pinos, en sauces y en robles antes de
caer ayudadas por el viento del norte.
Nos
sentamos cara al sol para reponer fuerzas y picar un poco de queso. En la
lejanía, la golondrina real a punto de
emigrar a un lugar cálido. Y una bandada de gaviotas vuela por encima de
nuestras cabezas si perder de vista la comida.
En
esta fecha, ya libre de turistas, se escucha el ruido que hace el oleaje en el
mar. Al este las olas caminan con las puntas de los pies hasta la playa y en el
oeste rompen en el acantilado.
¡Enamora!
La isla se recupera de sobresaltos, motores de
lanchas, y el rugir de los barcos llenos de gente.
El
otoño se prepara con su manto de esperanza. La humedad de la estación es libertad
para los seres vivos que se abrigaban del verano. Seguimos caminando, el último
tramo es estrecho. La elevación del sendero me ahoga. La niña dice que puede
tocar el cielo y el mar con las manos, -bendita sea- juega en las rocas
calientes por el sol del mediodía.
Las
dunas en la playa se están formando ayudadas por el viento. Alrededor las
hierbas de San Juan que perduran del verano, esbeltas, perfumando el aire. Si
prestas atención, escuchas las conversaciones de los pájaros, sus secretos,
como se cuentan la vida el camachuelo y el mirlo. El galanteo de las palomas...
Yo
también estoy en el otoño de mi vida.
- ¿Bisabuelo, me cuentas un cuento? ¿Sí?
¿Puede ser de aventuras?
- Te contaré una leyenda…
Hace muchos años una sirena
vivía en la isla, en el agujero del Infierno, cerquita de donde estamos. Nadie
la vio, pero dicen que viajaba escondida en una embarcación y...
- shhh... cierra los ojos
La noche llegó galopando a
hombros de un centauro, seguida de relámpagos y truenos que iluminaron el
cielo, abriéndose en abanico las lluvias torrenciales. Las olas rugían turbias
elevando el mar.
Un galeón corsario
desafiando las tormentas continuaba el viaje y un centenar de marineros
trabajaban a destajo hundiendo los remos en el agua espumante. Guillermina, así
se llamaba el mascarón de proa, altiva y desafiante surcaba las aguas de las
islas Atlánticas donde habitaba la sirena, que inducida por un espíritu con
apariencia de serpiente, atrajo al capitán con su voz mágica de seducción.
¡Fue la perdición del
oficial!
Quedó atrapado en el
interior de una botella. Impotente, no pudo hacer otra cosa que confiar en la
tripulación.
El viento silbaba sin
descanso. Los marineros, sabedores del peligro, pidieron ayuda en murmullos a
“Eurínome”, la diosa de todas las cosas.
El color violeta en el
horizonte anuncia el nuevo día, tras él, un sol temeroso. Alrededor del galeón
volaban los seres que acudían a las súplicas de los navegantes:
“Arpía”, la mano derecha de Zeus.
Veloz y poderosa de los vientos tormentosos e infortunios.
“Dragón”, el volador, de
color blanco, lanzador de conjuros. Y “Pegaso”, el caballo volador que
transporta los rayos de Zeus.
La tripulación guiada por
los seres divinos cogió fuerzas, y, sin desfallecer, ya cerca de la isla de
Ons, tuvo otro tropiezo. Se encontraron con los malignos, guiados por la
serpiente. “Leviatan”, el monstruo marino, “Kraken”, el pulpo devorador de
barcos y medusas gigantes, que envolvieron el viento frenando el navío.
Ante la inminente invasión,
el sol se ocultó y se manifestaron las tormentas, lluvias torrenciales y
fenómenos inexplicables de seres superiores que dominaban las aguas y oleajes
sin fin.
Se sumó a la cruenta batalla
naval, “Pan”el dios de las brisas del amanecer y atardecer.
Así durante días y días…
A los ojos de los corsarios,
los rayos de Zeus, los conjuros del Dragón y el castigo de Arpía, pudieron con
la resistencia de los monstruos del mar.
Acorralada y amenazada de
muerte, la serpiente, ordenó deshacer el hechizo, y en ese momento, el capitán
tomó forma humana. Las vivas de sus hombres, maltratados tras la batalla, no se hicieron esperar.
De las profundidades del
océano, irrumpió Neptuno, desde su reino de castillos dorados, con su poderoso
tridente y los inseparables caballos blancos cabalgando las olas, llamando a las
Ninfas de la corte para que cantaran, y a los delfines y ballenas para que
escoltaran la tripulación ya en aguas tranquilas y pacíficas hasta la ría.
Y el Capitán, a lomos de la
Ballena mayor, llegó triunfante a puerto.
La
jovencita se ríe y le pregunta al bisabuelo de dónde saca esas historias
fantásticas que siempre tiene para contarle. Los besos que le da huelen a
cariño, envueltos en abrazos de mil colores.
Xoán
queda en trance y recuerda:
Aquella
mañana, a las siete cuarenta, el diez de noviembre del cincuenta y seis, el “Ave
del mar” enfilaba la puerta natural de la ría, enmarcada por las islas
Atlánticas.
Un
otoño nada que ver con el buen tiempo de hoy. El poderoso latir del mar, los
abruptos acantilados y la niebla fueron el infortunio del barco y de los marineros.
Las
noticias en los periódicos de la mañana escribían en titulares: “Naufraga el
pesquero Ave del mar en la isla de San Martiño al tocar con unos bajos”. La
intensa niebla...
- ¡Naufragar en el mar que baña la casa!
La
niña responde al mimo que le hace el bisabuelo en el pelo, y lo mira de soslayo
sin entender de qué habla.
Las
mujeres hermosas y hechiceras, las serpientes del cuento de la bisnieta no
estaban allí. Ni tampoco Arpía, ni Pegaso ni Dragón.
Hace
años los cascos de los galeones se aprovechaban para hacer bateas de
mejillones.
- ¡Cosas de la vida!
No
conocemos si los bancos de pescados que vivían en la ría, sargos, congrio,
sardina o lubina, ayudaron batiendo las alas guiados por las gaviotas de patas
amarillas o el cormorán a sostener el barco en el mar.
- No claro que no, esto es real. Piensa
para él.
- La Virgen del Carmen también estaba
ausente.
Xoán,
perdió el primogénito en las aguas saladas y frías aquella mañana negra.
Durante un tiempo odió las islas. Hoy las ama. Las visita en memoria y recuerdo
de su hijo, padre de un bebé y marido de una mujer que le guardó ausencia
durante una década con un pañuelo negro cubriéndose la cabeza. Sus lágrimas las
llevó todas el mar aquel año, también el cabello castaño como el otoño, que le cambió
a hilos plateados.
Hoy
se despide de él, en el Agujero del Infierno, donde siempre quiso creer que en
los cuarenta metros de profundidad están las almas de los que perdieron la vida
en los naufragios. Así se lo contaron los paisanos. La Santa Compaña sale de la
punta Centolo y recorre la isla desapareciendo por el cementerio.
- Hijo,
sé que estamos conectados con el pensamiento. Lo sé por todas las cosas que me
ocurrieron a lo largo de mi vida. Ibas un paso delante de mí, abriendo camino,
apartando los demonios, y el malestar de mi alma.
Lo que no me perdono es la riña que tuvimos.
Escogiste una buena mujer. Ahora te doy
la razón. ¡Lástima no darme cuenta antes!
¡Eras tan joven para casarte!
Tu madre también está
delicada. Comprende hijo que la mitad de su corazón se fue contigo.
¡Tuve una buena vida!
La hija que no viste crecer,
es hoy una hermosa madre. Ella culminó mi felicidad con este torbellino, tu nieta,
que es un retrato tuyo.
¡Me recuerda tanto a ti!
Mi barco también se hunde,
es hora de partir, estoy en el último compás. No tengo miedo. Búscame en las
tinieblas para que no me pierda. Te quiero.
Ya
de regreso, con el sol del atardecer en la espalda, a la bisnieta y al
bisabuelo les saca una sonrisa el delfín común, muy cerquita de ellos, haciendo
cabrioladas.
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| 15 de Julio 2016 - Auditorio edificio Cambón |



evamos 2 anos compartindo plumas e fermosos momentos. Como mera observadora so podo decir que é marabilloso ver como medras, como cada día sae máis á luz esa escritora que levas dentro e que produce obras tan incribles coma esta. Parabens compañeira. Non deixes nunca de sorprendernos cos teus relatos.
ResponderEliminarGracias Paula, feliz de que me tengas en tan alta estima.
Eliminarpreciosa historia,una buena forma de viajar por las islas, entre leyendas y imaginación de un hombre....sabio y una niña ilusionada con la historia..............
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