Último
sábado de agosto. Eran las doce de la noche. El pueblo estaba en fiestas y en el
palco de la música, en la verbena, la orquesta tocaba las canciones de moda en
medio de faroles de colores.
Samuel,
entre la gente, saltaba por encima de las cabezas en la búsqueda de alguna
chica guapa para sacarla a bailar. La noche está caliente, y del cielo penden
estrellas iluminando aún más el
ambiente. Se acicaló con calma, la camisa blanca de manga corta, la corbata que
refleja los colores vivos en su cara, la frente despejada con el pelo peinado
hacia atrás. Todo él desprende aroma a hombre.
Escogió
con calma a la joven. De cabello largo ondulado y negro como el vestido de
espaldas al aire. De piel tostada por el sol, se movía al son de la música. Sus
labios sensuales color rojo, perfilados en forma de corazón expulsaban el humo
de un cigarro. Se cruzaron las miradas y se dijeron sí con los ojos. Se acercó
despacio por detrás y le tocó en el hombro derecho; la joven se giró y se dejó hacer.
Samuel la rodeó por la cintura y con
manos expertas acercó su cuerpo al de él. Y se olvidaron de todo y de todos.
Los
corazones latían a un ritmo frenético, bailaban de puntillas el pasodoble
“Campanera”. En seguida la gente de alrededor se apartó para hacerles sitio. Se
miraron un rato con ojos encendidos, dejándose arrastrar por la música y el
clamor de los espectadores.
Finalizó
la pieza.
Samuel
se apartó cojeando con la pierna derecha. Ella se fue cojeando con la pierna
izquierda.

No hay comentarios:
Publicar un comentario