Alicia
tiene que cuidar a su padre enfermo y regresa
al hogar tras nueve años de ausencia.
Actualmente
vive en París, en un apartamento de renta antigua en Montmartre, con su
enamorado Paul.
Lo
conoció en la masía de la familia un verano; era estudiante de Bellas Artes.
Desde
el minuto uno se gustaron. Flirteaban y se besaban en las caballerizas durante
el día, y al anochecer, cogidos de la mano, paseaban entre los naranjos y
perales.
Al
año siguiente, en el tiempo estival se fue detrás de él, a vivir la aventura del amor.
Cuando
cruza de nuevo el portalón de la masía, el tiempo se detiene. En su cabeza
fluyen los recuerdos que empujan por salir:
Es una joven de diecisiete años, de piernas
flacas y largas. Atraviesa el patio cargada con un cubo lleno de agua para la
pila de los cerdos.
Oye ruidos que vienen del pajar y se acerca.
Allí, desnudo, su padre besa los dedos de la mano a una mujer que no es su
madre, se miran con lascivia y gimen de placer.
Alicia siente una rabia inmensa y el
amor por su padre se muere de inmediato. De pequeña él la sentaba en las
rodillas y le leía un cuento, al fuego del hogar, en la cocina. Ella le pasaba su
pequeño brazo alrededor del cuello llena de amor.
Continúa
caminando por el estrecho sendero y observa con atención la casona. Necesita
urgente tejas nuevas. Las paredes con grietas serán pasto del viento, jugando a
entrar en las habitaciones cerradas el próximo invierno.
Le
corta el paso un perro olisqueándola. No es Fedro, él se murió hace ya varios
años. Atraviesa la puerta y una bofetada de nostalgia le corta la respiración.
Huele a chocolate caliente, a churros, a leña y a su madre.
Está
a punto de llorar. Sale de nuevo a la puerta a coger aire nuevo. Va al
encuentro del árbol de la fuerza, de su rincón del sosiego. El árbol de los
paños está lleno de cicatrices, marcado con corazones y flechas. De encuentros,
besos castos, besos apasionados, de risas y llantos. El mismo que en las tardes de verano se
reunían todos a jugar a la lotería. Ella siempre cantaba los números.
–Iré
a su encuentro y lo perdonaré. Necesito hacer eso para continuar. Es mi padre.
Me necesita.
–Papá...
ya estoy aquí.

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