–Antes que el atardecer sucumbiera a la noche, me dije: mañana será otro día.
La
desidia la persiguió todo el día. Por la cabeza le rondaba una frase que no
recordaba de quién era y que decía “si quieres creer en ti, necesitas
fracasar…” Este consuelo no la ayudaba a sacar la presión que tenía en el
pecho, el desasosiego que le recorría por todo su cuerpo. Desayunó una tostada
con miel y canela, compota de manzanas y un reconfortante té verde. Desde la
ventana de su cocina funcional y recientemente remodelada, observaba la cima de
la montaña; se imaginaba, que si extendía los brazos podía tocarla con sus
manos. En la radio, la charla de los tertulianos la protegían de sus propias
inquietudes. La vida había pasado muy deprisa y ahora necesitaba, más que un
reconocimiento, una motivación para seguir y perseguir sueños.
En
el bolsillo derecho de su chaqueta, la roja escarlata, guardaba el teléfono
móvil que consultaba nerviosamente por si faltaba cobertura, pero seguía mudo. Las
horas pasaban perezosas. En su cabeza un ir y venir de pensamientos
incontrolados. En el correo electrónico tampoco había entrado ninguna noticia,
solo publicidad.
De
pronto, al anochecer, cuando sólo pensaba en no pensar más nada, desapareció la
presión. Nadie llamó. Se desprendió de los reconocimientos, de los flashes con
sonrisas y de la genialidad.
–Sí,
ya lo decía la señora Mitchell por boca de la protagonista de aquella gran
novela que sí llevó el viento: “mañana será otro día". Quizás también para
mí.

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