Traducido del gallego
El anochecer en la aldea era la hora más hermosa del día. Recuerdo el sol danzando y escondiéndose detrás de las pequeñas islas, colorando el cielo de rojos insuperables. Mis hermanas, aún inocentes, se bañaban en las tardías horas en un lago calmo aprovechándose de los últimos rayos.
El anochecer en la aldea era la hora más hermosa del día. Recuerdo el sol danzando y escondiéndose detrás de las pequeñas islas, colorando el cielo de rojos insuperables. Mis hermanas, aún inocentes, se bañaban en las tardías horas en un lago calmo aprovechándose de los últimos rayos.
Nuestra
familia de etnia Bantú emigró de una tierra
áspera y estéril al Lago Malawi, cerca de Tanzania. Apenas contaba cuatro años
y para mí todo parecía existir desde siempre.
Los
hombres aprendieron a pescar y las mujeres a trabajar la tierra, dejando que
esta nueva vida les condujera sin fatigas a uno nuevo amanecer.
Cuando
le arrancaron el bebé a nuestra madre
del vientre y lo pusieron en mis brazos, una niña que pesaba no más de dos
kilos, se aferró a mi dedo, el pulgar, y
ya no lo soltó. Mi madre murió en el parto. La nueva hermana es la tercera de
las mujeres de nuestra familia.
La
llamamos Alika –la más hermosa. Cuando abrió los ojos, color chocolate, aquella
niña me robó el corazón.
Plantamos
un árbol cerca de la tumba, como era la tradición. El viento que acunaba las
hojas traía caricias y musitaba
canciones para su niña que los dioses no le dejaron amamantar.
Ya jovencita,
quiso escuchar lo que el corazón le pedía...
–Ve
en busca de tu destino. Oyó el murmullo
de las hojas al anochecer movidas por el aire cálido.
Se
habían conocido tres años atrás en la estación hermosa y espiritual del otoño y
comenzaron a mirarse a los ojos, esos ojos que se derriten con la ternura del
primer amor. Dakari, de etnia Botanga y originario de Zambia, decidió emigrar
al viejo continente en busca de la vida soñada.
Fue un amor asentado con el tiempo, de largas
cartas –correspondencia de ultramar–, un
querer que arrancara con versos y más tarde con deseo hasta convertirse en
pasión. Una vez cada dos meses acudía al locutorio para escuchar la dulce voz
de su prometida. Siempre a la misma hora, guiados por las estrellas.
Dakari
llegó a la tierra prometida en la primavera árabe. Afortunado con un trabajo
está abriéndose la vida en Europa, y la necesita. Necesita el apoyo de su amor.
Casarse y enfrentarse a un futuro juntos.
Le había prometido a Alika que no la dejaría,
que iría con ella en la búsqueda de su
amado. Dos meses de camino sin mágicos anocheceres. Llenos de penurias y fatiga
antes de embarcar.
Y esos
son los recuerdos que tengo, me aferro a ellos para no desfallecer. Las fiebres
me hacen perder la noción del tiempo y del lugar. Cerca de mí, Alika, mi
hermana, la pequeña, llora... llora y
chilla sin descanso y sin consuelo, hasta que calla agotada. Tiene miedo de los
hombres sin nombre a la espera de su rendición para echarla al mar. Ese mar bravío
del color de la tormenta, negro y triste.
El
olor a sal atenúa el hedor de la muerte latente en esos cuerpos desgastados por
el paso de los días. Del horror de la espera. De la incertidumbre. Agonizantes
ya sin fuerzas, con los labios helados, agrietados por la sal y la falta de alimentos. A pies juntillas se escucha
balbucir socorridas súplicas a ese Dios, que huyó dejando nuestras almas a la
deriva.
Mi mirada
se posa en una esquina de la balsa, esa balsa construida a toda prisa que posee
signos irreversibles de una pronta destrucción, en un océano sin fin que camina
sin pautas, de norte a sur de este a oeste según soplan los vientos. Ya hace
tiempo que los remos no tienen dueño. En esa esquina de la embarcación,
custodiado por una docena de almas destinadas a morir, vigilan el balde de la
poco agua que nos queda, con mirada despierta y vidriosa, sin bajar la guardia,
como quien vigila el más preciado tesoro.
Asida
a mí, Alika delira, habla muy quieto, en uno rumoreo, de su boda. Una boda que
nunca se van a celebrar.
Al
estruendo del mar le hace competencia
los lamentos de los hombres, desnudos y maltrechos por la fatiga.
Mi
hermana, la pequeña, deja de llorar, de reír, de hablar, y mismo de soñar. La
sostengo en mis brazos mientras le dice adiós a la vida. Expira, marcha de mi
lado. Deja de sufrir.
El
pozo de los deseos se secó.
No
sé cuánto tiempo pasó, quedé vacía de lágrimas. No permitiré que la pequeña, mi
hermana, haga el último viaje solo, acompañaré su cuerpo hasta mi último aliento, en estas aguas heladas de
un océano sediento de inocentes. Sin revuelo, sin aspavientos, solo dejándome
ir, que el mar haga mi última voluntad.
Noticias
TV del canal local:
La
de este domingo es la última tragedia: se teme que unos trescientos inmigrantes
se ahogaron tratando de llegar en un barco a Europa. La embarcación en la que
viajaban hombres y mujeres de diferentes puntos africanos, naufragó en el Mar
Mediterráneo a unos doscientos diez kilómetros de la isla italiana de
*Lampedusa.
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Impresionante
ResponderEliminarImpresionante
ResponderEliminarDecír que estou orgullosa de ti é pouco... Levamos máis de dous anos compartindo pluma e o teu progreso deste ultimo ano e inegable. Este relato é fantastico e marabilloso coma ti.. Moitísimos Parabens amiga!!!! E a seguir cosechando éxitos!!!
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