viernes, 18 de marzo de 2016

LA ANFITRIONA. (Febrero 2015) Un cuento de navidad.



Llaman a la puerta, en la cocina el reloj de pared marca las dos en punto. A tiempo para el aperitivo antes del almuerzo. -piensa la anfitriona.

¡Ellas están fantásticas!, labios rojo cereza, tacón de aguja…vestidas de fiesta. Ellos discretos, camisa blanca, pantalón oscuro, zapatos lustrosos y la sonrisa puesta.

Entre una maraña de saludos y besos, recogida de bolsos, abrigos y guantes, se acomodan.

Los canapés, preparados con esmero, están dispuestos igual que el vino, que hace rato la anfitriona puso a enfriar. El primer brindis -¡Feliz Navidad!- alabanzas de la bonita casa, gracias por la invitación, qué guapos los chicos…

Pasan al comedor. La mesa arreglada del día anterior con todo lujo de detalles, bajo plato, primer plato, copas de agua, vino y cava, seguidas de un sinfín de cubiertos acorde con la comida. Los candelabros, herencia de la abuela, son un clásico en estas fechas, la acompañan las cuatro copas de su madre que antes fueron de la suya y por supuesto no faltará el tradicional villancico de su padre que ahora es también de sus hijos.

La anfitriona se dispone a servir los manjares que, de madrugada, había cocinado entre un jaleo de sartenes y perolas al fuego. Al calor de los fogones, se suman los sofocos de las prisas y los nervios para que todo esté en su punto y a tiempo.

Sopa de marisco de primero, (almejas y gambas, son algunos de los ingredientes). De segundo, solomillo de pavo con frutos secos, regado de vino dulce. Lo acompaña batata al horno con leche y queso gratinado beaufor. De postre, peros de temporada al morapio con azúcar y canela.

El vino y la copiosa comida hacen su efecto, las risas se sueltan y la estancia se llena de calor y algarabía. Con el segundo brindis la anfitriona entorna los ojos humedecidos de nostalgia y recuerdos. Levanta su copa y, mirando sin ver, saluda a los que ya no están. Los invitados se arrancan con el cancionero popular, lo encabeza el villancico heredado.

Sobre el mantel blanco adornado con flores de Pascua, los juegos de mesa despiertan el ingenio y alargan un rato más la sobremesa.

Comienza el desfile, la anfitriona se levanta, recoge platos usados que lleva al fregadero y vuelve a servir el último postre. Los cafés continúan regados con brindis de cava.

La anfitriona ya no participa de la conversación, le puede el agotamiento, el trajinar del día y el pensamiento de recoger y limpiar.

Un rictus de cansancio asoma a su cara. Los labios pálidos, ya sin carmín. En el entorno de los ojos se hacen visibles unas arrugas que el día anterior no tenía. Las piernas le pesan y se mira los tobillos hinchados. La anfitriona no puede hacer otra cosa que recomponerse y sonreír. Malamente, se dió una ducha rápida para sacarse el olor de las seis horas cocinando, arreglarse el pelo y vestirse para la ocasión, pero cómoda, para moverse con agilidad.

Muy digna, la anfitriona, se despide de sus invitados con una última sonrisa. Les ayuda con los abrigos y demás complementos que yacen en los brazos de la silla en el recibidor. Un espacio armonioso, cálido, de color melocotón, de la pared cuelga un tapiz que compró en un viaje a Perú. Un adiós caluroso y hasta pronto salen de sus labios. Cierra la puerta y suspira.


Las copas ya vacías dispuestas en fila india en el fregadero, como un avión esperando pista para el despegue, a ser lavadas y devueltas al aparador hasta la próxima celebración.


Los platos miran desafiantes pero temerosos al trato que puedan recibir debido a la desazón de la anfitriona. Los guantes de goma los deja a un lado y con frenesí friega con las manos desnudas. -Una crema reparadora ayudará a suavizar la piel maltratada- se dice.

Agotada, después de la ardua tarea, se desliza arrastrando los pies por el parquet de la sala hasta el sofá de tres cuerpos, tapizado en colores ocres y verde agua que invita al descanso, dejándose caer a lo largo sin compostura. El sol de la tarde hace rato que se escondió por el oeste, dejando un dulce calor en la estancia que la adormece.

Los invitados reciben un último regalo, un paseo a la orilla del mar. El olor a algas y sal los envuelve y despeja del sopor de la comida. Con el sol del ocaso acariciando sus espaldas, contemplan la despedida y les deja un color rojo anaranjado en la retina.

La anfitriona, ya dormida, sueña…mira en un punto lejano siguiendo la Estrella de Belén y, a sus Majestades los Reyes Magos de Oriente le pide un deseo: "Templanza"

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