Camina despacio, el día fue largo y agotador.
La noche oscura y con niebla le dificultan la
visibilidad. Un escalofrío recorre su
cuerpo delgado, se sube la solapa del abrigo y apresura el paso.
Está aturdida, piensa en el muerto. El que maquilló esa
tarde. Catalepsia le habían dicho.
– ¡Si solo fue un beso! ¡Un beso!
Un ruido la alerta, escucha voces… la persiguen.
La angustia se apodera de ella. Los escaparates de los
comercios cobran vida y los maniquíes que horas antes sonreían agradando al
público, le gritan…
–¡Qué has hecho! ¡Ya
era de los suyos! ¡No te perdonan!
Entra en crisis y, sin control grita en el silencio perturbador. En un recodo, al final de la
calle, se oculta de las sombras acechantes… están ahí. Aterrorizada…
–Por favor...
señorita… Señorita…
En la librería, Dulce da un respingo. Apoyada en una
columna y embobada con la lectura, no escuchó por megafonía que era la hora del
cierre.
Carmen
Oliveira

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