La voz sale ronca de mi garganta después de tanto tiempo sin hablar y, acaba rugiendo porque siento una furia inmensa.
Estoy harto de su prepotencia narcisista, ésta que me llama amigo. De su sabiduría mal empleada, de su ego. De la sonrisa suspendida en su cara, gustándose.
Cuando crees que la vida es cálida y suave, aparece de nuevo con su intolerancia. Sin tregua.
Un torrente de palabras llega al precipicio de sus labios, escupidas sin sentido. Dañinas.
No claudica, resurge como el ave fénix con un nuevo tema: El viaje a la luna, la mejor tortilla de patatas, el problema de los políticos, religión... ¡Tanta vanidad! En el atardecer, el desbordamiento de nuestras palabras cruzadas llegó a su término. La herida es profunda, no deja de sangrar. No hay sutura para el dolor.
Una telaraña de arrugas me enmarca la cara. Fingiré que todo está bien. En la intemperie de la noche una estrella fugaz cruza el firmamento y se posa en mi mirada. Le pido un deseo: “Templanza”, que el aguijón de su dicción me hagan temblar lo menos posible.
De los gritos que nunca quise dar y de las palabras que nunca debí pronunciar… Acusaré a la lunablue del mes de Julio y sus mareas vivas en el atlántico.
Carmen Oliveira.
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