Querido hermano: Ayer vi en tus ojos una mirada de furia hacia tu mujer. ¡Es preciso que recuerdes!Te envío las últimas hojas del diario de tu madre, que también es la mía.
Julio 1994. El verano llegó con fuerza, es mi estación favorita. Con gusto guardo la ropa del invierno ya dormido. El miedo no tiene sueño. Vivo a caballo entre súplicas y perdones. Es la hora del Ángelus; hago un descanso, ordeno la mesa, cuelgo el teléfono que vengo de utilizar, cojo el bolso y salgo a por un merecido café. Quedo sin habla… las manos me sudan, un escalofrío me sacude. En el monedero encuentro trocitos de tela. El estampado de mi camisón de flores pequeñas, blancas y amarillas, margaritas exactamente, cortado en triángulos iguales. ¡Qué lástima! ¡Lo amaba! Era parte de mi ajuar, regalo de mi madre.
Ya es otoño, un asustado sol quiere brillar, pero una nube oscura cruza el cielo anunciando posibles tormentas. Me revuelvo. Quiero comprar momentos de tranquilidad, de sosiego. Camino por el pasillo despacio, los niños ya están acostados, les cierro la puerta para que ningún ruido los despierte de su sueño reciente.
Escucho los pasos, el miedo se apodera de mí, no lo aliento, no hago ningún movimiento extraño, el pulso me va a mil. La náusea me ahoga. Procuro que no note mi presencia; tarde… se acerca, noto su aliento pastoso y repulsivo en mi cuello. Cierro los ojos. Me giro, y en la mano tiene una cinta de medir extendida; palabras confusas y atropelladas salen de su boca.
_”Un metro setenta, llega bien para la caja”
El invierno se adelantó. En la radio suena una canción festiva. ¿Cuándo fue la última vez que bailé? Me siento en el sillón orejero, herencia de mi abuela, descansando del día largo y difícil y cierro los ojos un momento. En ese entresueño un lío de pensamientos me pasan por la cabeza;
_ ¡El Amor! ¿Cuándo se acabó?
Me despierta del sueño un líquido frío y pegajoso que me empapa el cabello, derramándose por todo mi cuerpo, mojándome el traje nuevo que estrené esta mañana, en la que ¡ÉL!, mi marido, me dijo que guapa estaba.
El olor a whisky y un sonido de fósforos que cortan el aire, me paraliza.
Sí Manuel, quizás tú no te des cuenta, pero ¡no lo voy a consentir! Aquí estoy yo, para recordártelo.
Carmen Oliveira. Noviembre 2015

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